
Dejó su anillo en un cajón.
Y olvidó su nombre.
Olvidó cómo la miraba.
Aquellos días de verano junto a la playa.
Dejó de sentir aquellas caricias en sus sueños,
incluso cuando él no estaba.
Ya no recordaba su rostro.
Tampoco el tacto de la piedra.
Dejó de percibir su llamada,
su presencia,
sus sombras.
La estela que dejaba a cada paso cuando marchaba.
Su sonrisa.
Sus labios.
Sus dedos sobre su espalda.
Aquella huella que permanecía incluso después de partir.
Lo olvidó todo.
Para no olvidar la esperanza.
Dejó su anillo en el cajón.
Y recordó que vivía.

Un círculo que se cierra bajo una luna creciente
Izal – Pausa

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