
La música era de grillos y luna llena.
Ella caminaba sobre la duna.
Descalza.
Despacio.
Arrastrando su túnica azul por la arena.
La tierra aún quemaba.
El aire soplaba.
Se detuvo.
Miró hacia las estrellas.
El viento calló por un instante.
Respiró profundamente.
Y comenzó su canto.
Las estrellas brillaron en la melodía.
Los grillos escucharon.
Las semillas empezaron su latido.
Esperando.
Ella comenzó su danza.
Golpeó la arena.
Pisando fuerte mientras giraba.
El viento apareció.
Giró con ella.
Rápido.
Removiendo la arena.
Elevando el polvo.
Arrastrándolo por el cielo.
Cegando a la luna.
Arremolinando el firmamento en una espiral de viento.
Su ritmo empezó a contenerse.
Lento.
Cada vez más lento.
Con la cadencia de un ave que se abre paso.
Deceleró el giro.
Esparciendo el manto de arena.
Lento.
Removiendo el polvo entre los huecos.
Con el pie izquierdo,
golpeó de nuevo.
Se iluminó el cielo.
Azul.
Eléctrico.
Una lágrima de nube gris cayó sobre su frente.
Dos más sobre la arena.
En el aire, tres.
Cinco.
Nueve.
Once.
Empapando la simiente enterrada por el viento.
Ella, con la túnica mojada,
abrazó el cielo.
Había comenzado el invierno.

Toda estación necesita a quien recuerde su nombre
C Z A R I N A – Burn

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