
Tras el calor de la pasión fue entrando el frío de la madrugada.
La ventana abierta tenía la culpa de eso, pero no del silencio.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Vamos, sé que algo te pasa. ¿No me lo quieres contar?
—Nada… solo estoy cansada.
—Bueno, duérmete entonces.
—En verdad estoy confusa.
—Ya me temía yo algo. Cuéntame, ¿por qué estás confusa?
—No sé… siempre hacemos lo mismo. Quiero hacer cosas diferentes.
—¿Cómo qué?
—Qué sé yo. Me gustaría viajar. Conocer gente nueva. Aprender algo nuevo, quizá.
—Bueno… eso es algo que podemos hacer.
—No, Javi. Contigo es siempre la misma rutina.
—Pero yo no te impido nada.
—Ya lo sé, Javi… pero al final terminamos en casa, sin hacer nada nuevo.
—¿Eso qué significa? ¿Me estás dejando?
—¡No! Javi, yo te quiero. Pero… no sé.
El silencio suspiró.
El frío era un látigo invisible que separaba mundos, aunque ambos siguieran orbitando el mismo sol.
—Creo que el sexo es el gran culpable de los problemas del mundo.
—Yo creo que las guerras son más graves.
—Sí, hablo de los problemas cotidianos. Los que nos pasan a todos.
—¿A qué te refieres?
—A que nos une de manera salvaje… pero también nos separa por instinto.
—Oye… yo no busco sexo.
—No. Buscas la melodía que lo recorre.
—No te entiendo.
—Me refiero al baile. A la batalla de palabras. A esa rivalidad de ciervos que chocan las astas en mitad del bosque.
—¿Así es como lo ves tú?
—Y tú también… pero desde otro lugar.
—¿Qué lugar?
Él tardó un momento en responder.
—Desde el lugar donde todavía quieres escuchar el choque de las astas.
Ella frunció el ceño.
—No para luchar —añadió él—.
Solo para recordar que el bosque sigue vivo.
La ventana seguía abierta.
Los primeros rayos de sol comenzaron a entrar en la habitación. La madrugada había decidido no guardar más secretos.
Cafe Tacvba – Eres

Algunas madrugadas no guardan secretos.

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