
Estaba ahí, cubierto de una gruesa capa de polvo. Con su mirada amarilla y sus minúsculos espejos.
Abrí el compartimento trasero. Agarré el cable rojo que años atrás había separado y lo enganché en el borne preciso. Lo apreté con firmeza y avancé hacia el contacto.
Giró.
Tosió.
Giró de nuevo y…
Rugió.
Fuerte.
Como un gato enfadado.
¿Cómo era posible?
Después de tantos años, me había esperado dormido.
¿Quién lo iba a decir?
Me acababa de gastar una fortuna, pero al fin lo tenía. Flamante. Vanguardista. Ecológico.
Con una pantalla en lugar de relojes, advirtiéndome de todo. Capaz de frenar solo si se cruza un gato.
Y además, silencioso.
Un susurro recorriendo el camino.
Y resulta que sus entrañas están reñidas.
O eso me dijo el mecánico.
Que sus vísceras no se entienden . Que se han enfadado y ahora no se hablan.
Como resultado, un artilugio de ensueño que no quiere rodar porque está enfadado consigo mismo.
Veo que eso no ocurría con mi viejo auto.
Aquel que me regalaron porque nadie quería.
Por feo.
Por pequeño.
Por no entender la velocidad y tener malos humos.
Yo sé que no es lo más sano, pero te eché de menos.
Y tú me respondes con tu fiel ronroneo.
Quizás algún día entendamos que lo simple también puede ser futuro.
Que no todo avance consiste en añadir más capas, más pantallas y mas ruido.
Y que, a veces, la mejor tecnología es la que sigue funcionando cuando ya nadie espera que lo haga.
Mientras tanto, seguirás estando ahí.
Esperándome dormido.

Como si nunca me hubiera ido.
Incubus – Just a Phase

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