
—Bienvenidos todos a la Fiesta del Renacer.
Todo estaba cubierto de flores. Rojas de sangre, amarillas de sol y verdes de vida. Perfumaban la entrada de una plaza cada vez más llena.
—Vayan pasando.
El sol quemaba. Sus rayos deslumbraban. Las sonrisas falsas contrastaban con los vestidos nuevos. Los pocos asientos a la sombra desaparecían deprisa mientras la algarabía de los asistentes iba rompiendo el silencio.
—Dejen sus ofrendas en el portón y vayan tomando asiento.
Los niños corrían ajenos al culto. Las jóvenes permanecían serias. Sus padres fingían tranquilidad.
La cerca se cerró.
Todo el pueblo estaba dentro.
Las puertas del templo se abrieron.
—Habitantes de Sagrario. Bienaventurado sea nuestro Designio.
Todos se pusieron en pie con la aparición del Custodio.
—Bienaventurado sea nuestro Designio.
—La purificación del Sol Padre de Vida sea con vosotros.
—Así sea su voluntad.
Las respuestas llegaron con la mirada baja, vencida por el brillo del mediodía.
—Comenzamos la celebración.
Dijo mientras se volvía hacia el templo.
Comenzaron a salir. Espadas desenvainadas. Las máscaras rituales, bañadas en oro, les concedían el poder de atemorizar. La Guardia de la Luz Afilada rodeó lentamente la plaza.
—¡Las candidatas! —gritó el párvulo del Custodio—. ¡Que bajen las candidatas!
El silencio fue absoluto.
—Que no se retrase el Designio.
Entonces aparecieron.
Resplandecientes.
Hermosas.
Y profundamente tristes.
Vestían de blanco. Llevaban el cabello recogido con hortensias, lavanda y hojas de olivo. Desde las últimas filas se escuchó un llanto. Un muchacho comenzó a gritar insultos, pero la Guardia de la Luz Afilada apenas tardó unos segundos en hacerlo callar.
Las jóvenes desfilaron con la cabeza inclinada hasta la entrada del templo. El Custodio las observó una por una.
—Benditas seáis entre todas las mujeres. Una de vosotras será la Prometida. Alzad vuestra mirada con orgullo hacia el Sol.
Todo el pueblo se arrodilló.
—Sentaos y aguardad. La Prometida volverá convertida en Reina.
Entraron lentamente. Las puertas del templo se cerraron tras ellas. Avanzaron hasta el habitáculo del Dios Vivo.
Si es que podía llamarse vivo.
Estaba adherido a la pared. Su cuerpo era tan delgado que parecía haberse secado por dentro. La cabeza colgaba sobre el pecho y respiraba con dificultad.
Detrás de él, la pared parecía latir.
Su mirada se detuvo sobre la primera muchacha.
—Ve con él.
Dijo el Custodio.
La joven se acercó.
El Dios Vivo negó lentamente con la cabeza.
Los guardias la sacaron de inmediato.
—La siguiente.
La segunda avanzó temblando. Cerró los ojos con fuerza.
Él volvió a susurrar:
—No.
—La próxima.
La tercera apenas tuvo tiempo de reaccionar. Fue empujada hacia delante y casi cayó sobre él. Entonces ocurrió.
Los brazos del Dios Vivo se alargaron de una manera imposible. La atrapó por el cuello, observó sus orejas, le abrió la boca, examinó sus dientes y sonrió.
Una sonrisa enferma.
Sacó una lengua verdosa y lamió las lágrimas que corrían por su rostro. Después acercó lentamente la boca a la de ella.
El estómago de la muchacha se revolvió.
Fue entonces cuando sonó un silbido.
Un hacha corta se incrustó en el cráneo del guardia más próximo.
Las puertas estallaron.
Entraron con las espadas en alto.
El más corpulento arrancó a la joven de los brazos del Dios Vivo. Uno de aquellos brazos permaneció adherido a ella.
Escaparon atravesando la plaza. La Guardia cayó una tras otra. Todo fue violencia.
Todo fue sangre.
Uno de los soldados miró al Custodio.
Esperaba una orden.
El Custodio sonrió.
—Tranquilo.
Volverá.
La sonrisa se volvió aún más oscura.
—Ya está fecundada.

Nadie teme una fiesta hasta que conoce su significado
Cradle Of Filth – Her Ghost In The Fog

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