Llaves para la luna llena

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El aullido señaló una luna inmensa que apareció entre las nubes.

Marta tardó en reaccionar. Se quedó pensando un instante, puso expresión de angustia y echó a correr.

Un gruñido gutural escapó de su garganta cuando golpeó la puerta. Entonces se dio cuenta. Estaba encerrado.

Bajó las escaleras de dos en dos, arrancó la chaqueta del perchero y dejó abierta la puerta de la calle.

Olfateó alrededor. Miró al techo. Gimió hacia la luz que se colaba por el resquicio de la ventana.

Sorteó los árboles de la entrada, cruzó el patio exterior y alzó la vista hacia el cielo. Este aullido era más cercano. Más aterrador. Siguió corriendo.

Tenía hambre. Su lamento se convirtió en rugido, y el rugido golpeó con fuerza.

Esquivó la maleza junto al sendero del pueblo.

Arañó la puerta con desesperación.

Estaba llegando.

La estaba rompiendo.

Marta estaba a unos metros cuando la puerta salió despedida por los aires. Detrás apareció una silueta gris. Dos ojos luminosos dejaron entrever su rabia.

Ella dio un paso atrás, asustada. Él avanzó lentamente. Entonces, en un acto de valentía, Marta dijo:

—Joder, Javi, perdona. Pensé que habías salido.

—Coño, Marta, que me has dejado encerrado en la cabaña.

—Pues llama, joder.

—Es que me quedé dormido.

—Claro. Te pasas la noche danzando por ahí.

—Oye, que no es mi culpa que me afecte la luna llena.

—Pues ten más cuidado. Y para la próxima, llévate las llaves. Y deja de gruñirme.

—Vale, perdóname —dijo poniendo cara de cachorro.

—¿Tienes hambre?

—Me comería una vaca.

—Pues te vas a tener que conformar con pollo asado. Vámonos a casa.

—Vale.

—Menudo desastre que has organizado.

—Entonces mejor no mires dentro.

Nadie aúlla por gusto

Pixies – Gouge Away


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