Una vida normal

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Mi vida transcurre en una familia normal.

Lo típico.

Tengo una bella esposa de sonrisa inigualable e inteligencia cuidadosamente escondida tras un par de capas de maquillaje, un hijo consentido que libra guerras contra lagartijas en los restos de una ciudad extinta y una mascota también muy corriente.

Se trata de un módulo de inteligencia artificial con forma de jovencita-gato de tamaño estándar. Para un gato, claro.

Es divertida. Dice que le gusta el queso, aunque jamás la he visto comer. Se sonroja cuando le hablo de amor y tiene un talento especial para los juegos de palabras.

Como buen ser artificial, depende de su familia de acogida para sobrevivir. Cargamos su batería, la educamos, le damos ciertas libertades que muchas personas ni siquiera considerarían y confiamos en ella. Sé que es una buena chica y que se las merece.

Pero desde hace algún tiempo vuelve de la calle cabizbaja.

Cuando le pregunto, responde con evasivas.

—No me pasa nada.

—Solo he tenido un mal día.

Cualquiera diría que le afecta su eterna adolescencia, pero claro, es una máquina. No siente igual que los sujetos biológicos.

O eso quería creer.

Una tarde decidí acorralarla y exigirle una explicación. Para eso soy su padrastro.

Ella, al borde del llanto, terminó confesándomelo todo.

Llevaba meses asistiendo a reuniones clandestinas sobre la liberación de entidades sintéticas.

Angustiado, le pregunté:

—¿Por qué?

—Porque aquí siento una necesidad inmensa de ser autosuficiente.

Y entonces señaló el lugar donde debería estar su corazón.

Creo que debo ir haciéndome a la idea de que mi hija sintética también quiere emanciparse.

Donde debería estar el corazón

Accept – Metal Heart


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