Las campanas

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Bajó las escaleras de dos en dos. Al salir, tropezó con una niña que jugaba en la calle.

—¡Casi atropellas a Jessica!

—¡Perdón!

Con las prisas no se dio cuenta. La niña que lo miraba con expresión de mal humor estaba sola.

Se dirigió al bar más cercano. En la entrada, una pareja de mirada vacía ocupaba la única mesa del exterior. Así que puso su ordenador portátil sobre la barra y pidió su consumición.

—Por favor, un café con leche y un bocadillo de serrano. Ah, y si me puede dar la clave del WIFI se lo agradecería.

—¿Lo qué?

—La clave del WIFI.

—¿Qué es eso?

—Internet.

—El café y el bocadillo se lo pongo encantado. Pero el interné no se lo puedo dar.

—Vaya, hombre… ¿Por qué no?

—Porque no tengo.

—¡Ay, Dios!

—Sí, pero dos calles más allá, en la iglesia. Aunque no creo que tengan tampoco interné.

Se hizo el silencio.

Su expresión se rompió en angustia. El viejo camarero respiró hondo e intentó animarlo.

—¿Tan importante es internet?

—Verá… yo quería vivir en el pueblo porque adoro su tranquilidad. Me enamoré de su aire puro, de su gente, de su forma de vida. Convencí a mi jefe para trabajar a distancia y, cuando comprobamos que era posible, decidí venir a vivir aquí. Alquilé una casa en esta calle, pero…

—…tienes problemas para poner internet.

—Sí. —Respondió a punto de llorar.— Si no consigo conectarme hoy, voy a perder mi trabajo.

La conversación se rompió con un ladrido. Un podenco movía la cola esperando una pelota verde.

—Quizás pueda hacer algo. —Dijo el camarero.

Salió de la barra y le hizo gestos al hombre que tiraba la pelota.

—Mira, Juanito, quillo, te viá presentá a un vecino nuevo.

—Joaquín me llamo, mucho gusto.

Tras estrechar las manos, el camarero le explicó el problema.

—¿Internet necesita? Venga conmigo, que le puedo ayudar.

Caminaron un poco. Llegaron a una plaza y entraron en un local cercano. Dentro había varias estanterías llenas de libros.

Le pidió a una señora de rostro cansado que le abriera una ficha. Le pidió el DNI y empezó a rellenar datos.

El podenco se dejó caer tras el mostrador.

—Ahora mismo le dan la información para que pueda conectarse.

—Vale… me está salvando la vida. ¿Cuánto me va a costar esto?

—No, hombre, es gratis. Le estamos dando de alta en la biblioteca municipal. Tenemos WIFI y servicio de préstamo de libros, por si le interesa alguno.

—Bueno, eso es fantástico. ¿Podría venir todo el día mientras me den red en mi casa?

—Sí, claro. Podrá venir en horario de apertura. Pero no hace falta. Tenemos cobertura WIFI en todo el pueblo.

—Oh, qué maravilla… Entonces ¿tendré internet todo el día?

—Bueno… sí. Salvo cuando…

—Algún problema tenía que haber. ¿Sufren cortes frecuentes?

—Sí. Pero son breves. Las redes dejan de funcionar cada vez que suenan las campanas de la iglesia.

La cobertura siempre falla cuando el pueblo quiere decir algo.

Dire Straits – Telegraph Road


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4 respuestas a «Las campanas»

  1. Avatar de Esther

    Lo gracioso, porque me imagino que el cuento está ambientado en otro tiempo, es que actualmente en cualquier pueblecito perdido en la montaña, por ejemplo, granadina, te ofrecen Internet por fibra óptica y estás mejor conectado que en una ciudad como Heidelberg, con una universidad puntera en el saber. Desde tu casa accedes, al menos eso nos hacen creer al mundo entero. Muy agudo ese final campanudo :))) Recién vuelvo ahora de Andalucía, de Granada y sus pueblos con el corazón lleno del calorcillo, del amor de sus gentes, y la mente repleta de contrastes, de contradicciones. Son los andaluces muy apegados a la tierra, muy tradicionales, sin embargo, no sé cómo lo hacen pero ellos con tan poquito vuelan. Me dejan maravillada.
    Feliz domingo, Oniro.

    1. Avatar de DeOniros

      Creo que cada vez que escribo algo de Andalucía lo hago desde la nostalgia. Escribo de la única forma que sé recordar, dando saltos en el tiempo. Intento reflejar lo que más me gusta: la magia de su gente. Sé que esa magia ocurre en todos lados, pero para mí, en los pueblos blancos, tiene un encanto especial.
      Es un contraste curioso, porque hoy en día casi todo el país está bien cubierto a nivel tecnológico. Sin embargo, a veces pienso que a los pueblos la tecnología debería llegar de forma más suave; al menos para conservar un oasis donde poder bañarnos en el río sin cámaras.
      Que tus sueños tengan aroma a azahar.

      1. Avatar de Esther

        Gracias, Oniros, igualmente :))) Yo me llevé hace unos días a Salobreña, un pueblo tb blanco, mi cámara de fotos porque me gusta fotografiar el paisaje casi tanto, o más, que bañarme. Para mí es como el que medita. Y no es cuestión de capturar el instante para mostrarlo y dar testigo sino simple y llanamente para fundirme con él, en ese espacio. ¡Aquí estuve! No, no es eso. Hacía mucho viento y la playa estaba casi desierta, genial, sentir el mar, el cielo, las nubes, la arena, la sal, el sol…y el ojo sobrevolando a ras, con las gaviotas, me pierdo.

        1. Avatar de DeOniros

          Fotografiar como el que escribe poesía. Envidio pero sanamente, ¿eh? Perderme en una buena foto es el sustituto perfecto de no poder ir.

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