
En la terraza de aquel bar, la pareja no paraba de discutir.
Sin violencia, sin malos modos. Pero el mal humor flotaba entre ambos.
La niña se les quedó mirando.
Ellos guardaron silencio.
Ella siguió en su mundo de juegos.
Adrián respiró, tomó un sorbo de su café y comentó:
—Qué rica es Azahara, la hija de la Inés.
—Está con una señora mayor.
—La abuela, la madre de Paco, vamos.
—Ah sí, de Ronda es ella, ¿no?
Un perro galopaba tras una pelota verde. El podenco husmeó las huellas invisibles que dejó la niña a su paso.
—Adri, quizás…
—¿Quizás qué, gordi?
—Quizás no discutiríamos tanto si… podíamos encargar una.
—No sé yo, Ele. ¿Estamos preparados?
—Que sí, canijo. Yo creo que serías un buen padre.
—Que sepas que yo soy un experto cambiando pañales.
—¿Ah sí? ¿Tienes un hijo a mis espaldas?
—Se los cambiaba a mi hermano, el Javi, cuando mi madre estaba mal de la espalda.
—Anda, eso no me lo habías dicho. Si lo sé, te lo pido antes.
—¿Te imaginas? Una niña. Tus ojos, tu pelo…
—Espero que tu nariz, porque si tiene la mía…
—Podría pescar en el lago con ella.
—¿A que te comes mi chancla?
—Y tú con la barriga gorda… creo que estarás preciosa.
Ella apuró la taza. Miró dentro. Su expresión cambió.
—Estaría bien, sí. Pero no va a poder ser.
—¿Por qué no, gordi? —quiso saber él.
—En los posos del café me dice que no me quedaré preñada.

Lo que el café calla, el aire lo cuenta.
La Bien Querida – Poderes Extraños

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