
—Tranquila, cariño. Todo va a salir bien.
El desayuno empezó tenso. Preocupaciones. Nervios.
El día a día nos apretaba con la amenaza de un despido en masa.
Mi mujer tenía cara de no haber dormido.
Yo aguantaba el tipo… aunque por dentro me aterraba la situación.
La incertidumbre es una pasajera cruel.
—En fin, José Luis. Voy a llegar tarde. ¿Luego me cuentas? A ver si se queda en un susto.
—No te preocupes. Yo recojo.
Le quité el café a medio terminar.
Cuando se cerró la puerta, respiré.
Lento. Profundo. Como si pudiera expulsar el peligro.
En el trabajo no pintaba nada bien.
Me iba a quedar sin empleo.
Lucharía por una indemnización justa… en un proceso lento.
Somos números. Y el mío estaba a punto de pasar a negativo.
Me quedé mirando por la ventana.
Al vacío.
—Hola.
—¿Qué?
—Que hola.
No había nadie.
Pero una voz infantil reclamaba mi atención.
—¿Qué pasa? ¿Me he vuelto loco o es el estrés?
—No. Es que no sabes observar.
—¿Y tú quién eres?
—Mira hacia abajo.
Era una cuchara.
La cuchara del café.
—Esto es una señal.
—Claro que sí.
—De que la poca cordura que me quedaba se ha ido.
—No, idiota. Estoy aquí para ayudarte.
—Venga, claro…
—Mátalos a todos.
—¿Qué?
—Eso. Mátalos.
—No lo hagas.
La nueva voz era distinta. También infantil.
Giré la cabeza.
—Coño… un plátano.
—No le hagas caso a esa hija de satanás —dijo el plátano—. No puedes caer en la bestialidad.
—Bueno, matar… es una forma de hablar —se defendió la cuchara—. Con dejarles irreconocibles basta.
—La violencia genera violencia —replicó el plátano, dando un salto sobre la mesa.
—Hay que matarlos a todos. Y a ti el primero.
El plátano y la cuchara empezaron a golpearse sin sentido.
Yo observaba la escena, incapaz de reaccionar.
Entonces lo noté.
Una sombra.
Un rugido bajo.
Saltó a la mesa y, de un zarpazo, apartó a los dos.
El gato.
Me miró fijo.
—Jose Luiiiis…
Mi nombre, convertido en un maullido.
—Jose Luiiiis…
Sentí un terror absurdo al ver sus pequeños colmillos.
—José Luis, despierta ya, hombre. Que vas a llegar tarde al trabajo, joder.
Abrí los ojos.
Empapado en sudor.
Respirando como si hubiera corrido.
No había plátanos.
Ni cucharas.
Ni gatos.
Solo el eco.
Un susurro que aún flotaba en algún rincón:
—Mátalos a todos.

Lo peor no fue escucharlo.
Fue entenderlo.
Pixies – Where Is My Mind?

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