
Lo hago muy poco, pero me suele sentar muy bien. Cada cierto tiempo destapo la camiseta negra, atrapo la bruma oscura de los cánticos de un Can Cerbero viejo y salgo a cazar melodías olvidadas. Esta vez salió raro. Y, por supuesto, apasionante.
La sala estranguló su luz.
Quise encontrar el viejo grito que siempre abría la noche.
Pero me sorprendió otra voz.
Firme. Femenina. Cantando las canciones de siempre.
Rezando para que el ardor de garganta me permitiese suplicar más, llegué al intermedio. Con la mano alzada, sediento de ritmo, con la mirada atenta y el cuello roto.
La dulce voz gritó a toque de mandato. Atentos a la orden, olvidamos raza, edad, nombre y credo. Nos dispusimos a estallarnos contra el muro de fuego.
— Caught in a mosh!
Olvidé mis canas y cargué sin pensarlo. Reboté en un armario humano y caí al suelo. Unas manos me prestaron auxilio. En deportes salvajes siempre pasa lo mismo, siempre hay un amigo.
Aunque esta vez la ayuda no pertenecía a un gorila calvo. Brilló verde bajo su mirada, carmín rojo sangrando en sus labios. Soñé un instante con mancharme de ellos. Pero me gritaron el estribillo y me empujaron al círculo. La sala gritaba.
— Can’t stand it for another day
— I ain’t gonna live my life this way
La sala gritaba. Curiosamente yo también. Ya no me dolía nada. Canté mirándome las manos, coreé bajo el abrigo de su melena. De la sirena de mis sueños que hoy me salvó la vida.
— Al menos invítame a una copa.
Me suplicó entre puños y piruetas.
— Claro que sí. Has salvado la vida a este viejo rockero. Eso se merece la barra entera.
— ¿Viejo? Apuesto a que soy mayor que tú.
— Ni de coña.
— Pues tengo 23. ¿Me vas a pedir el carnet en la entrada?
— Anda mira, mi edad también acaba en tres.
El conjuro quedó suspendido en el aire. Vibramos bajo su manta. Bailamos al son de su caricia eléctrica. Y en el último suspiro, sin esperar su ataque, me mordió la boca.
Amaneció en la sala y una melodía de Dylan anunció retirada.
— Tengo hambre.
Se relamió al verme.
— Hay un restaurante en la esquina que abre hasta tarde.
— No es esa mi hambre. Luego, quizá.
Corrimos por las calles buscando refugio para el pecado de la carne. Camino de un oscuro portal que nos acogiera, paramos a por unas chocolatinas y un litro de cerveza. Cruzamos frente al espejo de la tienda.
El que nos devolvió la mirada no era yo. Era el de hace tiempo. Una fotografía antigua atrapada en cristal. Ella no estaba allí. Nunca estuvo. Era un recuerdo. Un fantasma.
Mareado, me fui al suelo.
Cuando desperté, ya no estaba. En la ambulancia me dijeron que no era nada. Pero que el médico tenía que verme. Yo no dije nada. Dejé que me llevaran.
En sueños la vi pasar por la ventana. En su mano, un beso; en mi oído, una promesa.
— Espero que te haya gustado el regalo.
Desapareció entre las brumas.
Supe enseguida quién era.
La muerte.
Y aquella noche decidió invitarme a otra ronda.
Bambie Thug – Doomsday Blue
Salí del círculo con el corazón encendido
y una sombra azul pegada a la espalda.

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