Diario de un soñador lúcido. Carta 29 Sueña en Paz

Published by

on

Querido diario,

Una pirámide azteca.

Por un instante pensé que mis pesadillas habían decidido mudarse de continente. Pero no. Estaba allí, frente a dos serpientes aladas de piedra y una pirámide escalonada cubierta de liquen, antigua como un recuerdo que no es mío.

—Pero… ¿qué haces ahí fuera, güey?

Era Don.

Y claro, estábamos en su sueño.

Su casa.

Sonreí al darme cuenta de que, desde que lo conocí en persona, su figura había cambiado en mi cabeza. El acento, en cambio, se había instalado para siempre.

—Creí haberte perdido en la batalla.

—A punto estuve. Pero reconoce que entré cuando más lo necesitaban.

—Ya lo creo. Estábamos acorralados. Pensé que te habían atrapado.

—Y fue así. Pero las sombras ya estaban débiles. Lo sabía. Por eso los convoqué aquí. A mi templo. Para comprobar que seguimos completos.

Al cruzar el acceso, la solemnidad desapareció.

Uniformes conocidos celebraban como si hubieran vencido a una tormenta a puñetazos. Antorchas flotaban sin humo. Risas que todavía sabían a combate rebotaban contra las paredes de piedra.

—¿Qué hace aquí el cura?

—¿Kaelos? Gracias a él pude entrar. Hizo de puente entre los sueños. También acompañó a La Máquina en sus últimos momentos. Creo que hasta le dio la extremaunción.

—¿La convirtió al catolicismo? —dijo Wilson.

—Nosotros somos budistas —respondió su alma gemela—. También queremos un androide iluminado.

La vi entonces.

Vestido verde, abertura lateral, mirada intacta. No pedí permiso al protocolo ni a la gravedad. La abracé. El abrazo decidió convertirse en beso. Los vítores se volvieron ruido distante. Su sonrisa no.

—Otro que me quitan —maulló Katty con fingida indignación.

La noche fue una verbena improbable.

Los Wilson narraban la batalla como si estuvieran doblando su propia serie épica. Katty describía sus zarpazos con precisión quirúrgica. Don escuchaba, apoyado en una columna, satisfecho como quien ha cumplido una promesa.

Yo levanté la voz.

—Compañeros. Hemos ganado.

Silencio breve. Luego aplausos, gritos, exageraciones innecesarias.

Sonreí.

—No diré nada épico. Solo esto: seguimos aquí.

Eso bastó.

Nos habíamos visto superados. Atrapados. Fragmentados.

Y aun así, seguíamos soñando.

—Creí que no saldríamos —confesó Wilson chico.

—Yo también —admitió su reflejo.

—Salimos porque no luchamos solos —dijo Desyria, y su voz apagó cualquier resto de fanfarronería.

Don asintió.

—Las sombras dependían de algo que ya no está. Y eso marcó la diferencia.

Nadie quiso profundizar. No esa noche.

No cuando las serpientes aladas parecían vigilar con aprobación y el cielo del sueño comenzaba a aclarar como si también hubiera sobrevivido.

Nos sentamos en los escalones de la pirámide. Héroes cansados sin capa, sin discurso preparado.

Katty se acomodó sobre una piedra caliente.

—Por una vez —dijo—, me gustaría dormir sin que nadie intente devorarme.

—Eso sí que sería histórico —respondió Wilson.

Reímos.

Y fue una risa limpia.

El amanecer empezó a disolver el templo. Las antorchas se apagaron una a una. Las serpientes regresaron a su inmovilidad eterna.

Antes de desvanecernos, Don habló por última vez.

—Sueñen en paz.

No sonó como despedida.

Sonó como permiso.

Desperté con una sensación extraña.
No de victoria absoluta.
No de amenaza inmediata.

Algo distinto.

Como si el sueño, por primera vez, no estuviera defendiendo nada.

Solo existiendo.

Y eso, querido diario,
después de todo lo que hemos visto,
es suficiente.

Muse – Exogenesis: Symphony, Part 3 (Redemption)

La pirámide guarda silencio.
Pero en el mundo despierto… alguien ya está construyendo algo.


Descubre más desde El descanso del Onironauta

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


Previous Post
Next Post

,

Deja un comentario


Descubre más desde El descanso del Onironauta

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo