
No fue tan horrible. El dolor fue intenso, pero duró solo un instante.
Me vi flotando en el aire. Mi cuerpo, ocupado en sus procesos biológicos, ya no me pertenecía. Lo observé un momento, con una calma que no recordaba haber tenido nunca… y lo dejé atrás.
La luz apareció sin anunciarse.
No era un túnel.
Era una puerta.
Al cruzarla, me encontré dentro de un ascensor. Antiguo. Las paredes estaban manchadas, como si hubieran visto pasar demasiadas decisiones. Tres botones: abajo, arriba… y en medio, uno con un punto azul.
No dudé.
Pulsé.
El ascensor respondió con un temblor suave y comenzó a subir.
Un coro sonaba por los altavoces. No celestial como imaginaba, sino alegre, casi festivo. Cuando las puertas se abrieron, entendí por qué.
El cielo parecía un parque de atracciones.
Colores vivos.
Colas interminables.
Almas esperando su turno con una mezcla de ilusión y desconcierto.
Un ángel flotaba cerca de la entrada, saludando con alegría, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Caminé.
El tiempo dejó de tener sentido… pero la espera seguía pesando.
Por fin crucé el arco. Una máquina expendedora registró mi entrada. Me entregó una tarjeta identificativa con la imagen de mi espectro y un documento que me permitía visitar a Dios.
Dios todopoderoso.
Tanto tiempo rezándole, intentando entenderle… que ya era hora de ponerle cara.
Corrí a buscarlo. Luego ya no tanto. Me detuve a beber algo frío, más por costumbre que por necesidad.
Al final del parque, donde el color empezaba a desvanecerse y el ruido se quedaba atrás, encontré una cabaña.
Pequeña.
Aislada.
Como si no quisiera formar parte de todo aquello.
Llamé.
Entré.
Una mujer escribía en papiro con una pluma de ganso. Su presencia era firme, antigua. Casi tribal. Como si viniera de un lugar anterior a mis palabras.
—Buenos días, me gustaría ver a Dios.
—¿Tiene usted cita?
—Bueno… tengo esto. —Le enseñé el documento.
—Ah. Felicidades. Veo que acaba de elegirnos.
—¿Se podía elegir?
—Claro. Podía pulsar cualquier botón.
—No tenía ni idea.
—Nadie lee la letra pequeña. Estaba justo debajo.
—Bueno… creo que he elegido bien.
—Allá abajo tampoco se está mal. Es… distinto.
—Sí. Pero ya que estoy aquí… ¿puedo verle?
—Claro.
—¿Dónde está?
Levantó la mirada.
—Está hablando conmigo.
Tragué saliva.
—No… no es lo que esperaba.
—Eso suele pasar.
Dejó la pluma a un lado.
—En su tiempo, hice al hombre a mi imagen y semejanza.
Alzó la vista un instante.
—Que algunos de ustedes se decoloraran por el camino… no fue mi pulso.
Pausa.
—Fue costumbre.
Bob Marley – Redemtion Song

No elegiste… hasta que lo hiciste.

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