
Es lo que siempre había soñado. Quería, de verdad que quería. Pero no así. Sin control, sin seguro, sin ningún artificio. Solo estrellas relucientes, apareciendo y desapareciendo.
Hace unos días la conocí. Hablaba conmigo en secreto, aprovechando los oscuros setos del parque de al lado. Curiosa y hermética. Me preguntaba sobre mí. Sobre los vecinos. Sobre el mundo.
Me acostumbré a su interés. Su conversación extraña me agradaba. Pero pronto descubrí que su rareza no era anecdótica. Comprendí que era el único que la veía. Pensé que estaba perdiendo la cabeza. Y en cierto modo así era.
Empezó a gustarme pensar que era una criatura fantástica. Era tan bonita. Tan misteriosa. Nuestro mundo era único, oculto para el resto.
Empezó a romper el silencio y me contó historias de un mundo lejano. De soles gemelos en un sistema olvidado. De cómo no eran tan distintos. De cómo habían evolucionado.
Ellos nacían y morían, sufrían y amaban. Conquistaron tierras lejanas y olvidaron su procedencia.
Me contó que la luz alimentaba sus herramientas. Todo estaba vivo: sus casas, su mar, sus medicinas. Habían comprendido los malabares de la existencia.
Aquel día se despidió de mí.
—Me tengo que ir.
—No. No te vayas.
—Tengo que hacerlo. Me necesitan en otro lado.
—Pues me iré contigo.
—¿De verdad quieres hacerlo?
—Si te vas, ya no me quedará nada.
—Ven entonces.
—¿Cómo haremos?
—Yo lo haré.
Pasaron días oscuros sin volver a oír su voz, creyéndome abandonado. Pero una noche de insomnio, paseando por el parque que nos dio el primer paso, la luz se fijó en mí.
Me arrastró con gran violencia hacia el vacío.
Vi alejarse los astros. El sol se despidió de mí, convirtiéndose en un minúsculo grano en el universo. Arrastré polvo de estrellas errantes. Me perdí entre nebulosas y constelaciones. Viajé entre fotones hasta llegar a otro cielo.
Me desparramé dentro de mi cuerpo. Mi respiración contenida me explicó la vida.
Abrí los ojos a la luz.
Y allí estaba ella.
Eterna y distinta. Tal y como me notaba yo. Extraño.
—Bienvenido a mi mundo.
—¿Por qué tengo la piel azulada?
—Ahora eres como nosotros.
—¿Y mi cuerpo real?
—¿Real?
—Sí, el mío. El que tenía antes.
—Murió hace años luz. El cuerpo no viaja.

Alice Wonder – ¿Quien Soy?

Deja un comentario