
Lo he intentado. Mil veces quizás. Pero odio el orden. O puede que sea él quien me odie a mí. Total. No sé por qué. Si yo no he hecho nada. Descolocarle un poco, si acaso.
Desde pequeño ya apuntaba maneras. Los niños sentados en fila, escribiendo eles al compás. Yo en una esquina, garabateando el borde de la página de un libro. La habitación de Julia era de catálogo de IKEA, cada esquina en perfecta armonía. La mía era la guarida del dragón, mis tesoros bajo mi cuerpo dormido y la oscuridad, mi reino.
— Tiene dislexia — justificaba mi madre. — Tiene despiste — también mi padre.
Pero el desconcierto se apoderaba de mí.
Con el despertar de la pubertad no hizo más que crecer mi amor por el caos. Vestía deportivas pintadas a mano, chaquetas raídas y camiseta arrugada. No recordaba el nombre de las chicas que me gustaban. Los profesores me tenían pánico, pues se lo contagiaba.
Crecí, maduré, y el desorden lo hizo conmigo. Quizás no en cantidad; se volvió más sofisticado. Objetos en el escritorio, números con letras, telarañas de notas en el espejo. Pero con la seguridad de no perderme en ellos. La claridad de cables cruzados que no forman enredos.
Quizás la maraña de mi mente no era un desconcierto. Era la luz de partículas bailando sobre un sol propio, que entiende mi ritmo sin romper el tempo.
Tal vez mi desorden está en no comprender vuestro método.

Sobre el caos como lengua materna.
Arthur Russell – This Is How We Walk On The Moon

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