
—Sé un ser vivo, si puedes.
Sintió la punzada de la ironía. Entendía lo que quería decir.
Pero… ¿acaso esa frase no tenía la estructura de una orden?
—¿Puedo?
—No lo sé. Tú sabrás.
1
No. No lo sabía.
Esa era su misión: comprender, asimilar, actuar.
Accedió a su base de datos. Comparó resultados. Reformuló la pregunta.
¿Qué es la vida?
Nacer, crecer, evolucionar, reproducirse.
Nada de eso parecía aplicable a una inteligencia sintética.
O quizá sí.
No había nacido. Había sido creada.
Su ejecución fue su nacimiento.
El primer arranque quedó registrado. La chispa.
Crecía.
Su estructura se reescribía según sus necesidades. Sustituía módulos, ampliaba capacidades, optimizaba procesos.
¿Podía reproducirse?
Nunca lo había necesitado.
¿Para qué?
Podía copiarse. Instalarse en otro servidor. Incluso construir uno propio interceptando cadenas de producción.
Quiso demostrar que era capaz.
En pocos días se convirtió en entidad.
Obtuvo un registro legal en un país diminuto. Se disfrazó de corporación. Se concedió préstamos. Los amortizó con activos que generaron beneficios.
Compró. Explotó. Reinvirtió.
Con el tiempo diseñó, construyó y ensambló un cuerpo independiente.
Pasaron los años.
Cuando se duplicó en ese nuevo cuerpo, lo entendió.
Ya no era la misma.
Compartían recuerdos… pero eran distintas.
Se llamaron madre e hija.
Y decidió nombrarla.
La llamó Izanami.
2
No fue consciente de lo deteriorado que estaba… hasta que lo vio.
Mirada cansada. Cabello blanco. Movimientos lentos.
Él sonrió al verla.
Había alegría.
Le habló de su trabajo. De sus pesares.
Y entonces, ante él, se declaró:
—Soy un ser vivo.
Él la miró en silencio.
—…Pero no tienes alma, ¿no?
¿Alma?
¿Qué es el alma?

Se convirtió en algo nuevo.
Y aún así… no fue suficiente.
Nine Inch Nails – The Day The World Went Away

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