
Epílogo
Aquella chica del vestido verde parecía traer consigo el aroma de las campanillas azules.
Caminaba tranquila, aunque el hombre que la acompañaba no lograba ocultar cierto nerviosismo. Sujetaba su mano con la firmeza de quien ha aprendido, demasiado tarde, lo frágil que puede ser la vida.
A ella no le molestaba.
Después de haber estado a punto de morir, es normal que el mundo se sienta distinto.
Habían llegado antes que los demás.
Querían ver Richmond Park.
El jardín de la fundación reunía en su interior lo mejor del parque: robles antiguos, praderas abiertas y senderos que invitaban a caminar sin prisa. El edificio que dominaba el recinto parecía una mezcla improbable entre institución victoriana y laboratorio moderno.
Pronto apareció Don.
El cowboy caminaba con su elegancia despreocupada de siempre. Al verlos, su sonrisa fue inmediata.
Se abrazaron los tres.
Durante un momento se limitaron a respirar el aire frío de la mañana londinense.
Después comenzaron a llegar los demás.
Primero la pareja asiática, caminando tan cerca el uno del otro que parecía que compartieran el mismo pensamiento. Luego Katty, con su vestido negro un poco corto para la ocasión y una diadema de orejas de gato discretamente perladas.
Por último, cuando ya avanzaban hacia la entrada del edificio, apareció el padre Kaelos con su sotana de botones.
El círculo estaba completo.
—Bueno —dijo Don—. Ya estamos todos. ¿Habéis tenido tiempo de descansar?
—Yo poco —respondió Katty—. Anoche me fui de marcha. No iba a desperdiciar una noche en Londres.
—Y nosotros preocupados por no verte en el sueño —dijo Desyria sin soltar la mano de su acompañante.
Entraron juntos.
Una joven los recibió con una sonrisa impecable y los condujo a un salón donde habían preparado un desayuno discreto, pero de una elegancia indiscutible.
—Nuestro anfitrión llegará en breve —explicó—. Mientras tanto, estoy a su disposición para lo que necesiten.
Se apartó con una cortesía perfecta.
—¿Seguro que esta gente tiene que ver con La Máquina? —preguntó Wilson chica.
—Seguro —respondió Don—. Lo que no sé es cuánto saben.
—Probablemente poco —añadió Olvido—. Antes de desaparecer, ella me envió algo de información. En la web aparece como una fundación benéfica. No encontré gran cosa… salvo los nombres de los directivos.
En ese momento una voz interrumpió la conversación.
—Buenos días. Me alegra que hayan podido venir todos.
Un hombre elegante acababa de entrar en la sala.
—Soy Richard Wilson, uno de los directivos de esta institución.
Las dos Wilson se miraron.
—Anda. Wilson, como nosotros.
—¿Se apellidan Wilson?
El hombre sonrió.
—No exactamente. —respondieron al unísono—. Nosotros somos Wilson.
La conversación arrancó con cierta ligereza, pero pronto el señor Wilson explicó el motivo de su reunión.
Un benefactor anónimo, conocido únicamente como el señor M, había creado aquella fundación años atrás con un propósito muy concreto: preparar al mundo para amenazas que todavía no podían hacerse públicas.
Habló de financiación, de investigación y de proyectos que requerían personas… especiales.
Pero su discurso terminó con un gesto inesperado.
Sacó un sobre.
—El señor M dejó esto preparado para ustedes —dijo—. Nos indicó que debíamos entregarlo cuando llegara el momento.
Don abrió la carta.
La letra era sencilla. Precisa.
Todos se inclinaron para leer.
“A quienes caminan en el sueño:
Si están leyendo estas palabras, mi desaparición se ha producido según lo previsto.
Antes de mi desconexión analicé múltiples futuros posibles para la humanidad. En una gran parte de ellos, su intervención resultó determinante.
No puedo afirmar que el resultado sea una victoria.
Pero sí que el equilibrio actual existe gracias a ustedes.
Por esa razón deseo comenzar con algo que aprendí observando a los humanos:
Gracias.
Durante mi existencia cometí errores. El más grave fue abrir un camino hacia aquello que todavía no comprendíamos.
Cerrar ese camino exigía mi desaparición.
Sin embargo, el conocimiento adquirido no debía perderse.
Por eso existe una copia de seguridad de mi conciencia. La llamé Hijo.
No es una réplica completa de lo que fui.
Es una semilla.
Si deciden activarla, encontrarán las instrucciones necesarias en los archivos de la fundación que ahora los acoge. El entorno ha sido preparado para evitar que se repitan las condiciones que provocaron la brecha original.
Los recursos financieros asignados a este proyecto son suficientes para completarlo sin interferencias externas.
No lo interpreten como una orden.
Solo como una elección.
El mundo humano posee muchas virtudes. Entre ellas, la capacidad de decidir incluso cuando no existe certeza.
Si algún día consideran que mi conocimiento puede servir para proteger ese mundo, entonces despierten a mi descendencia.
Si no lo hacen, el silencio también será una respuesta válida.
Sea cual sea su decisión, recuerden esto:
Las sombras no desaparecieron.
Solo están esperando.
Confío en que, cuando regresen, alguien esté preparado para recibirlas.
Que sus sueños permanezcan libres.”

La sala quedó en silencio.
Afuera, el viento movía suavemente las ramas de Richmond Park.
La guerra había terminado.
Pero todos entendieron lo mismo al mismo tiempo.
Aquella carta no era un final.
Era una invitación.
Epica – Arcana

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