
El teléfono, aburrido de la conversación, empezaba a calentar la oreja de Fermín. Sus padres, guardianes fieles de las persianas bajadas a las diez, no llevaban bien que su único hijo hubiese cambiado el pueblo por un país que apenas lograban ubicar en el mapa. Exótico, decían. Como si lo desconocido viniera siempre con especias y peligro.
Él, paciente, sin mucho más que contar, sostenía la llamada como quien sostiene una taza demasiado caliente.
—Sí, mamá. La comida está rica. Ya te lo he dicho.
—Ay, no sé, Fermi. Estás en un sitio tan raro.
—Tranquila, mamá. Salvo un par de detalles, es casi como estar en el pueblo.
—¿Qué detalles son esos?
—Te vas a reír. El otro día conocí a una chica y me atreví a invitarla a tomar café en el bar de la esquina.
—¡Ay, pillo! ¿Vas a venir con novia?
—¿Qué? No, no. Si es solo una amiga.
—Ya, ya.
—Bueno, el caso es que me dice: “vale, déjame consultarlo con el místico alado”.
Hubo un silencio denso al otro lado.
—Ah, ¿tienen un místico? Pues esa te conviene, debe de tener dinero.
—¿Sabes lo que es un místico?
—Claro. Un pájaro místico. En casa de los abuelos teníamos uno gris. Más majo…
Fermín frunció el ceño.
—Eso no lo sabía yo.
—Nunca te llevamos a ver a un místico. Antes todo el mundo iba a consultarles cosas. Para bodas, cosechas, discusiones tontas…
—Bueno, mamá, luego me cuentas lo del pájaro ese. Me están llamando a la puerta.
—Vale, Fermi. No olvides ponerte una rebeca por las noches, que te resfrías.
—Sí, ma. Te quiero.
—Y come.
Pulsó el botón de colgar mientras abría. El sol de la tarde entraba oblicuo por el pasillo. Un vestido discreto. Una sonrisa de mirada brillante. Y esa forma de sostener el silencio como si ya supiera algo.
—Hola. ¿Tienes tiempo para ese café?
Se llamaba Samira. Él no podía dejar de mirarla. Ella esperaba conversación. Él temía meter la pata, tropezar con alguna norma invisible, pronunciar mal el mundo.
—¿Qué te dijo tu místico sobre mí? —preguntó ella, divertida.
—Mi madre tenía uno. Pero yo jamás lo vi.
—¿No has consultado con un místico sobre mí? Si no supiera que vienes de lejos, hasta me ofendería.
—Pues hasta hoy no sabía que era un pájaro.
Samira soltó una risa breve, como una campanilla.
—¿De verdad que no has visto nunca uno? Quizá en la mezquita todavía haya alguno en el patio. ¿Vamos?
Fueron.
El recinto estaba tranquilo. Al fondo, en un pequeño patio descubierto con acceso público, había una jaula abierta sobre un pedestal de piedra. No era una atracción. Era una costumbre. Un pequeño tablón anunciaba turnos y normas escritas a mano.
Dentro, un mochuelo de ojos enormes y atentos observaba el mundo como si lo hubiese inventado él.
—Date prisa —susurró Samira—. Pronto se irá a cazar.
—¿Cómo se hace?
—Es fácil. Tienes que ofrecerle algo de comer.
Sacó del bolso una pequeña bolita de pienso prensado y se la tendió.
Fermín la sostuvo con solemnidad inesperada. Se acercó. El ave inclinó la cabeza, aceptó la ofrenda y la apresó con una garra fina. Desmenuzaba el exterior sin dejar de mirarlo.
—Hola, místico…
—Tienes que llamarlo por su nombre.
—¿Y cómo se llama?
—En la plaquita.
Fermín leyó en voz baja:
—Samir Al-Layl.
Respiró.
—Hola, Samir Al-Layl. Por favor… dime qué opinión tienes de Samira.
Ella arqueó una ceja.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Yo qué sé. Es la primera vez que le hablo a un pájaro.
El mochuelo terminó la ofrenda. Sacudió levemente las plumas. Carraspeó.
Fermín esperaba una voz profunda, cavernosa. Pero lo que salió fue una voz clara y ligera, casi infantil, como si la noche hubiera aprendido a hablar jugando.
—Samira vino a ti porque tú quisiste. Ella también lo quiso. Y no hay nadie más que se interponga en vuestro querer. Puedes besar a tu amada.
El patio quedó en silencio. Hasta el aire parecía haber escuchado.
Samira lo miró de frente.
—El místico responde según la necesidad de quien pregunta.
—Yo…
—Cállate y bésame.
Y por primera vez desde que llegó a aquel país que no distinguían en los mapas, Fermín dejó de consultar el mundo para empezar a habitarlo.
Dead Can Dance – Children Of The Sun

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