Sueños en guerra.
Querido diario:
Las trincheras se nos hacían cortas. Estaba lleno de sombras y nosotros no éramos más que cuatro. Cinco con Kaelos. Aunque no sabíamos nada de él. Si huyó o lo asimilaron, lo sabríamos más tarde. Ahora solo contaba resistir.
Nos atrincheramos frente a la casa del árbol. Llegar hasta ahí fue un delirio. Pero la máquina había diseñado zonas en las que las sombras tenían dificultad para entrar. Llegaban más lentas y podíamos dispararles mejor. Aun así, nos costaba, entre disparos y cansancio, encargarnos de todas ellas.
—¡Están entrando por atrás! ¡Necesito ayuda para contenerlos! —gritó Katty sin parar de disparar.
—¿Desde cuándo tienes problemas con la puerta de atrás? —respondió la chica Wilson mientras corría a su rescate.
—Ánimo. Ya queda menos —grité para intentar subir la moral—. Dentro de nada tendremos una batalla más justa.
—¿Cuánto es menos? —preguntó Wilson chico—. Llevamos cinco horas aquí encerrados, repeliendo ataques.
Las trincheras eran túneles, hechos de un material diseñado por la máquina. Nos permitían movernos en círculo alrededor de la casa-árbol. Necesitábamos estar cerca cuando empezase a romperse el sueño.
En el mundo de los despiertos, Don había llegado al lugar indicado. Al corazón de la máquina.
—Como ya le indiqué, sentimos mucha gratitud por ofrecerse a ayudarnos. Sabemos que el tiempo es oro para usted. Solo queremos una diagnosis, una guía para poder seguir adelante.
—Estuve revisando el código que me mandaron. Pero claro, sin el módulo de proceso cuántico no podré hacer mucho —explicó Don, según las instrucciones que le daba La Máquina—. Tengo que ejecutar el software que les envié para que lo analizaran. Está todo correcto, ¿verdad?
—Sí, por supuesto, nuestro equipo de ingenieros se quedará con usted en el proceso.
—Como quiera. Solo necesito un segundo para supervisar la descarga del log que haya generado.
—Estamos perdiendo el túnel. Están entrando —me gritó Katty asustada.
—Intenta contenerlos.
—No puedo disparar más rápido.
—Vamos, salimos de aquí, vamos al otro túnel.
Corrimos fuera. Wilson, no sé si él o ella, casi es alcanzado por un artilugio de luz. No sé qué pasa si en estas circunstancias mueres en el sueño: por fuego cruzado o error de tiro. Nada bueno, seguro. Accedimos a la siguiente barricada.
Bajo el metro de Moscú, Don libraba su batalla particular.
—Pero Don Santiago, nadie nos dijo que iba a salir información de aquí.
—Claro. Pero es solo el resultado de la diagnosis.
—¿No lo puede hacer aquí?
—Imposible, necesitaré semanas, quizás meses para analizar todo esto.
—Nos dijo que tendría la solución.
—Sí, pero no inmediata. Si analizan mi historial, sabrán que soy muy meticuloso con la privacidad de mis clientes.
—Lo sabemos, pero no podemos protegerle fuera de este país.
—Tranquilo, la seguridad también es un tema que me preocupa. Y aunque llegaran los datos a manos equivocadas, este disco duro solo responde ante mí. Tiene un cifrado químico.
—Pero…
—Mire, en cuarenta y cinco minutos sale mi tren. Creo que me quedan veinte minutos. Le aseguro que intentaré dejar funcionando vuestro proyecto. ¿Conectamos este aparatito para que yo pueda tener la información que necesito?
El ingeniero se quedó pensando y dijo secamente:
—Da.
Don empezó a teclear. Era un código simple: la rutina que ejecutaba un programa que, sin saberlo nadie, ya estaba en el sistema. Empezó a circular datos, parte al disco duro, parte a puertas abiertas en distintos lados de la red.
El sistema empezó a reiniciarse y, justo antes de parar, una voz les dijo a todos:
—A partir de ahora estáis solos.
La voz retumbó en el sueño. Desaparecieron las barricadas. Aparecieron en el cielo miles de sombras. La máquina los desenmascaró.
—Mierda —dijo Wilson chico.
—Estamos jodidos —dije yo—. Voy a entrar a la casa.
—Eso va a ser un suicidio —me dijo la mujer Wilson.
—Puede, pero quedarse aquí también lo será.
—Pues adentro todos —respondió la gata con el lomo erizado.
Disparamos sin cesar. Pero no caían todos; quedaban muchos todavía por abatir. El sistema cayó. Se apagaron las luces y los soldados se pusieron nerviosos. Pronto volvió a encenderse. Arrancó el programa de manera automática y salió el terminal con una pregunta en ruso.
El ingeniero tecleó y no pudo disimular una sonrisa.
—¿Cómo ha hecho esto, señor Santiago?
—Le diría mis trucos, pero entonces sabrían ustedes más que yo.
—¿Ya tiene todo lo que necesita?
—Veo que sí. Ahora, si me lo permiten, tengo un tren que coger en 15 minutos.
Dentro de la casa-árbol, para mi sorpresa, Desyria estaba tumbada en el suelo. Parecía enferma. Un hilo de una sustancia negra le salía por la boca. Me miró y dijo sin ánimos:
—Me ha soltado.
Epica – Storm The Sorrow
La noche es tranquila, las sombras se disuelven en la oscuridad, el legado de La Maquina duerme. En su silencio late la promesa de un nuevo amanecer.
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