
Hoy no me toca soñar.
El aire surca extraño y, entre sábanas, se dispersa en remolinos.
Mi mente se derrite en gotas de cansancio herido:
no quiere darme reposo, solo gira y gira, sin motivo y sin caducidad.
Invoco ovejas blancas aladas, un ejército inútil
cuando los párpados no me pertenecen
y son presa del capricho de un tal Cortisol.
Entre tanto, flotan imágenes en tonos pardos,
carcomidas por el baúl que las guarda,
que hoy, traicionero, ríe satisfecho.
Mientras yo sigo rotando, ellas se proyectan en el techo:
mirada distraída, flequillo en los ojos,
pantalones de pana gruesos
y unas ganas de volar contenidas en un salto.
Lo dejé escapar, a ver si así me canso.
Quise enseñarle los días presentes del futuro pasado.
Y él, sentado en la duda, mirando desde mis ojos,
comprendió que era yo.
—¿Todavía no vuelan los coches? —preguntó,
como quien sostiene una promesa rota.
—No. Pero hay ojos en el cielo —respondí.
Pareció animarlo.
—¿Vive gente en la luna? ¿Ya consiguieron habitarla?
—¿Para qué alcanzarla? Es más bonita lejana.
—¿Y robots? ¿Ya los inventaron?
—Sí. Y hablan con nosotros, aunque no tengan cuerpo.
Le conté inventos osados que nos acompañan en el bolsillo,
de cómo ya no hace falta hablarles:
nos entienden por gestos.
Le hablé de un oráculo tejido en una telaraña.
De cómo nunca estamos solos,
aunque cada vez estemos más lejos.
Y yo, al ser soñador, esperaba que algún día, hablando,
nos entendiéramos todos.
Que estábamos aprendiendo a hacerlo.
—Si eres un soñador, ¿por qué no estás durmiendo? —dijo.
Y solo entonces entendí
que ya no estaba despierto.
Pauline en la Playa – Quién lo iba a Decir
A veces el sueño llega cuando dejamos de perseguirlo.

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