
Congelado en un rincón, camuflado entre las sombras de la oscura sala, no comprendía nada, quería estar solo, olvidado, escondido en su mente. Tras el cristal su mundo se hacía añicos, él se sentía roto también, pero por dentro, en algún lugar tan profundo que retenía las lágrimas. Puede que sean para otro día, puede que ya nunca más pueda llorar, pero hoy no querían manchar la moqueta de dolor.
Todos vestían de oscuro, salían y entraban, paraban delante de él y hablaban incoherencias banales, su mirada estaba distante, en tiempos más amables. Se encontraba cerca del calor de la arena, con la playa bajo los pies, escuchando el tronar de las olas rompiendo con violencia sobre las rocas, o el aire de la sierra azotando la cara, desde la ventanilla abierta de aquel antiguo Seat Córdoba con música de Ismael Serrano y aroma a pan crujiente de pueblo con aceite de oliva.
En aquella aterradora sala a la que no se atrevía entrar, estaba esa persona que reía sus ocurrencias, que cantaba alegre en las vueltas a casa, quien disparaba con el dedo índice en guerras de mentira que acababa con almohadazos traicioneros, quien ayudaba en historia con portes de rey y mirada de inquisidor aguantando la risa con porte marcial. Solo que ahora estaba quieto, apagado, frío, en otro lugar mejor, quizás con Branco y la abuela, quizás en su mundo pintado de acuarela, pero lejos.
En ese momento, con las lágrimas que se resistieron a salir y la sensación de ahogo que da la incertidumbre, supo que ya no volvería a ser un niño.
Ismael Serrano – Papá Cuéntame Otra Vez
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