
Este fin de semana, en plena conversación de una tarde de cervezas y risas, me di cuenta, mientras la narraba, que mi vida es un monólogo. Sin vestirme de payaso triste y sin querer exagerar como me trata la vida, las veces que tropiezo o los arañazos de mi corazón zurcido, me veo cómico de chiste fácil, relatando el cuento de mi vida, a golpe de micrófono de botella de un cuarto, sobre la barra del bar.
Pensé que quizás, si escribiera en las servilletas de mesa redonda de cafetería, entre el desayuno de madrugada y el soñar de mediodía, podría ganarme la vida de bufón sin corte, cantando mis hazañas, sentado en el banquillo y pasar así a espectador, de otros llorones de risa fácil y sollozo silencioso, que se sientan identificado con mis rasguños y que me echen dinero en el plato.
Trate de relatar para los vecinos, a quien pasaba por las calles, pero huían esquivos al empezar a hablarles, me dejaban sin la palabra precisa cuando no había ni comenzado. También intenté apuntar el sonido del claxon entre semáforos, los ladridos de los conductores y describir temeridades sobre el asfalto, recordar mis carreras en el mercado, tras la mejor hortaliza, dejando atrás mercaderes y amos de casa frustrados, con las sobras en el saco, malhumorados gritando. Quise investigar sobre el amor de las plantas y sobre el rezar de las colas de la oficina de cobros de una entidad fiscal.
Pero al asomarme en el púlpito y elegir la profecía, me encontré con la voz ausente, ruido blanco en la mente y fobia a las miradas atentas, relamiéndose hambrientas mientras me escondía entre las cortinas. Soñando con descifrar sonrisas de serios entrecejos y rogar la pasión ajena por acariciar el verbo aspirado, que no me acordé de que, mi voz es un disco que salta cuando narra y mi cabeza está vacía cuando las palabras se precipitan al abismo.
System of a Down – Hypnotize
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