
A su derecha, una preciosidad de alas blancas.
A su izquierda, un bruto de rojo con cuernos y cola de flecha.
Le dolía la cabeza. No podía dormir. No podía salir de allí.
(—Hazlo —le dijo el rojo.
—Piénsalo bien —le dijo ella.)
Respiró hondo.
Volvió atrás.
La ciudad estaba envuelta en humo. Amanecía entre prisas.
Pero él se quedó atrás. Fuera del rugido de los automóviles. Poniendo distancia a las obligaciones cotidianas.
Sus pasos se escuchaban delante.
(—Oculta algo —le decía el rojo.
—No veas donde no hay nada —respondía la blanca.)
Cansado por el murmullo de su mente, quiso seguir caminando.
(—Conspira. Conspira contra ti.
—No lo sabes. Habla con ella. Pero hazlo bien.)
Su respiración se hizo más rápida.
Ella se sintió observada. Y él lo supo.
Ella aceleró el paso.
Él se ocultó entre las sombras.
Ella miró hacia atrás.
Él ya no estaba.
Apareció a su lado.
(—Ahora es el momento.
—No hagas una locura.)
Ella dio un respingo. Lo miró. Lo reconoció aun con la mirada clavada en el suelo.
—¿Roberto? ¿Qué haces aquí, Roberto?… ¿Qué quieres?
(—¡Hazlo! ¡Haz que se arrepienta!
—¡No! Respira. Pídele ayuda.)
Él levantó la mirada.
Lentamente.
Ella sintió el miedo.
En él.
En ella.
(—Venga. ¡Golpéala!
—¡No! Espera. Quizás haya una solución.)
Sus lágrimas salieron de pronto.
Se derrumbó ante ella.
Arrodillado.
Pidió perdón por lo que iba a hacer.
Pero eso tuvo un precio.
Vigilancia, hospitales, encierro.
Miedo.
(—¡Vamos, hazlo ya! ¡Acaba con esto!
—No, espera. Quizás haya una solución.)
Él miró a la chica alada.
Buscó en su bolsillo.
Encontró una píldora rota.
Se despidió de ella con una lágrima.

Respira
Nine Inch Nails – Hurt

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