
La cámara estaba aislada.
Se situó en el centro.
Suspiró.
Comprobó el arnés.
Comprobó el taladro.
Señaló hacia arriba.
Y esperó.
El viento lo elevó.
Disparó el garfio.
Rebotó.
No encontró sujeción.
El viento cambió de rumbo.
Cayó de pie.
Volvió a ascender.
Esta vez hubo suerte.
El garfio quedó anclado en una hendidura.
Trepó.
Se aferró con fuerza al saliente dañado.
Luchó contra la presión del aire.
Disparó un dardo con un líquido verde en la grieta del saliente.
Comenzó a taladrar.
Toda la cámara vibró con un sonido gutural.
Hubo movimientos bruscos.
Afianzó el arnés.
Chasqueó la lengua y esperó.
La calma le indicó que podía continuar.
Cambió de broca.
Limpió el agujero.
Volvió a taladrar.
Una sustancia rojiza brotó de la apertura.
La limpió con un trapo.
Inyectó un gel azul y aguardó unos segundos.
Después sacó de la mochila una pasta gris.
Selló el agujero.
Se soltó del saliente y cayó exactamente en el mismo lugar donde había empezado.
Tocó la campana y salió de la cámara.
—¿Qué? ¿Cómo ha ido?
—Bien. Poca infección.
—Ah, perfecto. ¿Tendrás que volver?
—Si no le duele, no.
—Veremos. ¿Cuánto es?
—Dos mil trescientos.
—¿No es un poco caro?
—Créeme. Ser dentista de Shai-Hulud no está tan bien pagado como parece.

La experiencia también se cobra
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