
Llegó muy temprano. Estaban abriendo las puertas.
Se sentó en la sala de espera.
Se quitó la chaqueta.
Sintió frío. En estos sitios siempre hace frío. Parece que el calor se queda esperando junto a la salida.
—¿Señor Jonas?
No había nadie más. ¿Quién si no?
El miedo que sentía era un residuo de la infancia. Sabía que no dolía, pero sufría igual.
—¿Usted se marea?
—No, no suelo.
—Bien, siéntese en esta silla.
Miró hacia otro lado y sintió el frío metal entrando en su brazo.
—Señor Jonas, tenemos un problema.
—¿Qué pasa?
—No encuentro bien la vena. Las tiene muy pálidas. ¿Podemos intentarlo con el otro brazo?
—¿No podíamos llamar a…?
—Le aseguro que será rápido.
—Vale, pero asegúrese bien. Duele un poco.
—Perdón, intentaré que no le duela.
Esta vez el dolor fue más agudo. Empezó a marearse.
—Oh, cielos…
—¿Qué pasa?
—Nada… Es que… su sangre.
—¿Qué le pasa a mi sangre?
—¡No mire, no mire!
—¿Pero qué está pasando?
Alarmada, empezó a hablar por el interfono. Él empezó a ver estrellitas brillantes y un sudor frío le invadió la frente.
—Por favor, necesito un médico. Es urgente.
—¿Puede ser un asistente?
—No, tiene que ser el médico.
—En un minuto baja.
No tardó ni eso.
Enseguida un señor con bata blanca y estetoscopio irrumpió por la puerta. El alivio del paciente, que ya estaba casi inconsciente, fue notorio.
—A ver, ¿qué pasa?
—Su sangre…
—¿Qué le pasa a su sangre?
—¡Es rosa! ¡Tiene la sangre rosa!
Jonas, aguja en brazo, terminó de desmayarse.
—¿Pero qué dices? ¿Rosa?
—Sí. Mire.
—Ya veo. A ver, necesito comprobar una cosa. Voy a conectarle un terminal.
—¿Al paciente?
—No. A usted.
El médico enchufó un cable en la oreja de la enfermera. Tecleó algo en su dispositivo móvil y suspiró.
—Me lo temía.
—¿Qué está pasando, doctor?
—Tiene un filtro de color activado.

Calibración completada
Los Piratas – Años Ochenta

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