
El sillón lo tenía atrapado. Pero el programa que emitían en la televisión era de lo más aburrido. Una tertulia extraña en la que, con mala leche, opinaban con descaro sobre la vida privada de algún famoso desconocido. Nada más tentador para provocar una deliciosa siesta. Hasta que empezaron a gritar.
Intentó, en un vago esfuerzo, alcanzar el mando a distancia. Lo único que consiguió fue dar un manotazo al acuario y hacerlo tambalear.
Como por arte de magia, la luz de la pantalla parpadeó. Y la emisión cambió. Sobre una imagen de lluvia estática empezó a sonar una voz aguda.
—Oye, tío, ten más cuidado.
—¿Eh? ¿Qué pasa? —dijo adormilado.
—Que eres un manazas. Eso es lo que pasa.
—¿Pero es a mí?
—No, coño, al vecino.
—Pero qué… ¿Quién puñetas eres?
—Estoy aquí, broh.
—¿La tele?
—No, aquí, en la pecera.
—¿El pez?
—No. Soy las medusas.
—¿Una medusa que me está hablando desde la tele?
—Bueno, una no. Yo soy todas las medusas. He interferido tu aparato emisor de chorradas para quejarme de tus malos tratos.
—¿Malos tratos? Me estoy gastando un dineral en manteneros a una temperatura correcta, en tener corriente en el agua para que os encontréis como en casa y comidita de la buena, que sale un pastón.
—Lo que tú quieras, broh, pero yo no elegí estar aquí. Me sacaron de mi precioso mar azul.
—Y aquí vives con todas las comodidades. Además, sin depredadores.
—A mí no me molestan los depredadores, tío. Lo que me molesta es tener que escuchar las porquerías que pones en la tele.
—No, si quieres te dejo un mando. No te jode. Además, ¿qué coño hago discutiendo con un animal sin cerebro?
—Sin cerebro tú.
—Bueno, vosotras no lo tenéis literalmente.
—¿Quién lo dice? Para tu información, tenemos cerebro. Uno, en común.
—¿Qué dices? ¿Y eso cómo funciona?
—Pues como las neuronas de ustedes, solo que a distancias. Soy un ser vivo wireless.
—¿Estás diciendo que todas las medusas son una sola entidad?
—Pos claro.
—¿Y que estás conectada a todas ellas?
—Que sí, que sí.
—¿Entonces sabes lo que están haciendo en el Bar Ramiro? Ellos tienen también una pecera.
—¿Ese es el restaurante que está en la calle Noruega?
—El mismo.
—Pues mira.
En la televisión empezó a aparecer una imagen. Como si de una webcam se tratara, empezó a ver cómo la gente recibía sus platos, cómo el camarero miraba el escote de aquella dama de vestido azul y cómo el dueño se hurgaba la nariz tras la barra.
—Pero esto es…
—¿Una intromisión a la privacidad?
Se quedó mirando la pantalla en silencio unos segundos.
Luego sonrió despacio.
—…Fantástico. Oye… ¿cómo te llamabas, decías?
—No sé, llámame Medusa.
—Pues vamos a hablar de ampliarte la pecera… ¿Te apetecen unos camarones esta noche para comer?
—Hala. Siiii.
—Pues voy a comprarlos ahora mismo. Y también voy a regalarle un par de tus primas a unos amigos.
The Flaming Lips – Yoshimi Battles the Pink Robots

Desde aquel día, el mar empezó a contarle cosas.

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