
— Gordo.
Su presencia estaba aislada. Se escondía tras el compás de las gotas de sudor que corrían por su frente. El mundo se reducía al ritmo constante de sus pasos.
— Eh, gorrinito.
Iba con las ramas que movía la brisa. Con el latido obstinado que empujaba su cuerpo hacia delante. Con la música que le cosía los pensamientos.
Un acorde más.
Un paso menos.
Un día se miró al espejo y vio el cansancio instalado en su reflejo. Si la tristeza respiraba ahí dentro, él también respiraría más fuerte. Y más rápido.
— Mira el gordo, qué valiente.
Todas las tardes. Todos los días. Auriculares puestos. El mundo fuera.
— Gordo carbón, te vamos a partir la boca.
La música subía. El parque se difuminaba. El aire entraba, salía. Entraba, salía.
— ¿Te gusta correr, gordito?
La brisa se detuvo.
Una mano en el hombro. Un tirón que lo sacó del compás. Se giró.
Frente a él, el chaval. Miró detrás del chico.
Los otros ya se habían ido.
El silencio no era el mismo.
Ya no había coro. Solo un niño sosteniendo una palabra demasiado grande. Una mirada perdida por el miedo.
— Hola, amigo —dijo el corredor.
El niño dudó.
— ¿Estás bien?
— S… sí.
Lo miró. No con rabia. Con curiosidad.
— ¿Sabes lo que hago cuando me siento mal?
— No.
— Corro. No paro de correr. ¿Quieres correr conmigo?
La música siguió siendo refugio. Pero esta vez compartido.
Muse – Starlight

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