
— Se nota el aroma a primavera.
Dijo la mujer mientras abría las ventanas de par en par. Una brisa tibia invadió la casa y dejó azahar en cada rincón.
— Da gusto dormir con la ventana abierta.
Con el aire entró también la maldición del verano. Un ente alado tarareó la canción del insomnio y localizó, como un faro en mitad del océano, la cima despejada de cabello que lo aguardaba.
Se posó con precisión quirúrgica.
Clavó el aguijón.
Bebió consuelo rojo.
— ¡Joder, María! Están entrando mosquitos. Cierra la ventana.
— Tranquilo, que enciendo esto. Los espanta al momento.
La cerilla raspó la noche con arte exotérmico fosfórico. El cilindro comenzó a humear con promesas cítricas.
La nube envolvió la calva… y al intruso.
Entonces ocurrió algo inesperado.
El mundo se fragmentó en mosaicos de colores. El aire vibró como un sitar invisible. El mosquito alzó el vuelo y descubrió una paz nueva, una revelación aromática. La sangre dejó de ser hambre y se convirtió en comunión universal.
Zumbó en espiral, feliz, iluminado.
— María… no sé lo efectivo que será ese incienso… —murmuró la víctima, resignado—. Pero este mosquito ahora zumba con ritmo reggae.
Manu Chao – Clandestino
Ser mosquito ya es algo criminal. Pero si hay sangre… que suene reggae.

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