
Había una enfermera.
Qué curioso.
Con su bata blanca, sospechosamente entallada, y unas medias de brillo casual.
Pensé:
—¿Estamos cerca del carnaval? ¿Será una broma?
La enfermera, de labios rojos y mirada risueña, me observaba.
No sabía si con pena.
O si guardaba algo en la manga para hacerme soportar la hora y media de espera.
El calor estaría afectando a mis neuronas.
El aburrimiento me hizo saltar al encerado.
—Es un sitio extraño para una enfermera, ¿verdad?
—Ya ves.
—¿Y qué haces por aquí?
—Trabajando.
—¿Tomas la tensión cuando hemos de pagar?
—Ah… ¿Que no lo sabes?
—No. Soy un bruto ignorante.
Soltó una risa descarada y me miró con picardía.
—Estoy aquí para que no os aburráis.
—¿Estamos hablando de sexo?
Le comenté buscando otra carcajada.
—No, bruto. Esto es a nivel profesional. Doy remedios para quienes empiezan a decaer.
—¿A qué te refieres?
—Os doy algo para que soportéis la espera.
—¿Algo como qué?
—Verás. Hace unos meses la compañía introdujo el sistema de «Pruébese todo lo que quiera mientras su marido bebe cerveza».
—Original. Pensándolo bien, ahora mismo me vendría bien una. ¿Es eso? ¿Nos vendéis alcohol?
—¡Noooo!
Respondió entre otra carcajada.
—Con el movimiento se terminaba manchando el género. Así que inventaron algo nuevo.
—Estoy deseando saberlo.
—En nuestros laboratorios sintetizamos lo que comercialmente llamamos Espíritu del Vino. Es mucho más intenso. Equivale a cuatro o cinco copas y su efecto dura poco. Una hora, quizá menos.
—¿La solución es drogarnos?
—Por elección vuestra.
—Pues vamos a probarlo. ¿Qué es? ¿Una pastilla?
—No. Si fuera así, yo no estaría aquí.
Venga.
Remángate.
Esto va directo a la vena.

—¿Y tiene efectos secundarios?
—Sí. Cuando se pasa el efecto… vuelves a Primark.

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