Instinto

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Se deslizó entre la seda de su hogar.
Las gotas de rocío fueron caricias y el sol fue vida.

Se acercó al sendero de hojas verdes y allí la descubrió.

—Hola, amiga.
—Hola.
—¿Quieres ver mi nueva casa?
—No.
—¡Vamos! ¿Por qué no?
—Porque me quieres comer.
—Me he levantado al alba. Llevo horas cosiendo. Solo quiero que veas cómo me ha quedado.
—La veo desde lejos. Muy bonita. Adiós.
—Pero… espérate. De verdad, me ha quedado muy bien.
—Vale, a ver… ¿dónde está?
—Aquí. Solo tienes que cruzar esta esquina.

El reflejo del sol le daba tonos dorados. Las líneas constituían curvas imposibles. Parecían invisibles bajo el manto verde de las ramas.

—¡Oh! Impresionante. Me quito el sombrero.
—¿A que me ha quedado bien?
—Es la ingeniería de la geometría. Me he quedado anonadada
—Pues acércate más. Verás qué tensión.

Al acercarse, resbaló con la humedad de la intemperie y se enredó en un santiamén.

Ella, sin pensarlo, saltó.

Clavó sus quelíceros en la parte blanda de su cuerpo y le succionó la vida en un instante.

Con lágrimas en sus ocho ojos, le confesó:

—Perdona, amiga… pero mi instinto manda en mí.

La belleza también conoce el hambre.

London After Midnight – London After Midnight


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