
La llave emitió un crujido.
Las bisagras de la puerta lloraron.
Entró en la oscuridad.
Ella estaba sentada en el sofá.
El resplandor azulado de la televisión le daba un aire frágil, casi irreal.
Al verle, algo brilló en sus ojos.
—Ya has llegado. Qué pronto esta vez.
—Hoy pude escaparme antes. Hay poco trabajo.
—Seguro que aún es de día.
—No te creas. Ya está oscureciendo.
—Genial… —sonrió—. Las calles deben de estar llenas. Con gente comprando. Ya pronto es Navidad.
—Aún faltan un par de meses. Pero sí… hay gente.
—Quizá algún día podríamos pasear. Aunque sea cerca.
Él dudó.
—Sabes que no puedes.
—Tendré cuidado.
—No se trata de eso.
Ella se acercó, ligera, casi flotando, y se acurrucó a su lado.
Su cabello oscuro caía como tinta sobre la piel.
Sus dedos, fríos, le rozaron el rostro con una suavidad que no recordaba.
—Antes salíamos —susurró—. Pasábamos tardes enteras entre tiendas y cafeterías. ¿Te acuerdas?
—Claro que me acuerdo.
—Subíamos a la plaza los domingos, a pleno sol…
y nos reíamos de las beatas camino de la iglesia.
—De eso hace mucho.
—Tanto que los escaparates aún eran en blanco y negro.
Él sonrió.
—Y yo te besaba en mitad de la gente… solo para escandalizar.
—Podríamos hacerlo otra vez.
—Ya no.
Ahora nadie se escandaliza.
—Qué lástima…
Sus dedos recorrieron su cuello, lentos.
—Al menos tenemos la televisión de pago —dijo él, con una media sonrisa.
—Al menos te tengo a ti.
Esta vez no sonó igual.
Se inclinó hacia él.
Rozó su piel con los labios.
Y mordió.
Paradise Lost – As I Die

¿te quedarías?

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