
La plataforma rocosa sobresalía entre la bruma, el amanecer estaba cerca, solo quedaba unos pasos para llegar al filo, el tiempo necesario para que el primer rayo de sol iluminara el paisaje.
Al asomarme al abismo, quedé impresionado. Un bravo mar de nubes peleaba contra el incesante viento, aplastando cúmulos sobre roca, haciendo invisible el principio. Desde el extremo tampoco había pared en descenso.
De puntillas, en el filo, saludé al sol naciente con un gesto de frente, contemplé la distancia a la nube que esperaba hambrienta y comencé mi salto. Primero, con un fuerte impulso hacia el cielo, luego, de cabeza, buscando el infierno.
Mis manos rezaron al frente, cortando las nubes sin piedad, creando un hueco a mi paso. Pronto quedaron atrás y pude ver un mar gris furioso que rápidamente se iba acercando. Mi mirada compitió con el águila, a los costados mis brazos, en segundos habría llegado. Ya sentía en mi cara olor a mar esperando penetrar en mí. Estaba a escasos metros de aplastarme contra el azul salado espejo oceánico cuando, con una simple sacudida, salió de mi espalda mis alas imaginarias, transparentes como el cristal, afiladas como el frío helado del invierno, cortó el aire hasta hacerme subir veloz, arrancando capas de nubes, traspasando el acantilado, marchado al filo de la orilla, creyéndome alto y arrojándome lejos.
La brisa en mi rostro, según avanzo, me trae el recuerdo de que, en mis sueños, cuando quiero, vuelo.
Supersubmarina – Viento de Cara
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