
El frío se resistía a marcharse. Los primeros rayos de sol iluminaban los adoquines. Había aroma a café y a bostezo. A pueblo pequeño.
— Oye, papá, ¿a dónde vamos?
— Me resulta raro que me llames papá, Bruno. Vamos de paseo.
— ¿Cómo te llamo?
— Llámame por mi nombre. Juan.
— Este sitio es muy bonito, Juan.
— Esto no es nada. Verás cuando terminen las casas.
— Pues huele muy bien aquí.
— A cafetería de pueblo. Luego, de vuelta, desayunamos.
— ¿Está muy lejos?
— Es aquí al lado, Bruno.
— Aquí huele a animales. Animales grandes.
— ¡Oh! Y los hay. Antes pasaban por estas calles. Ahora no los dejan sueltos.
— Pero se escuchan.
— Es que estamos muy cerca de una granja.
— ¿Qué son?
— Merinas. Otra vez empiezan a verse.
— Nunca he visto una.
— Pues casi dejan de existir. Pero no existe mejor lana. Y los quesos… ni te digo cómo están los quesos.
— ¿Qué es un queso?
— Lo probaste anoche.
— ¡Ah, eso! Qué rico.
Caminaron cuesta arriba, en silencio. Entre paredes blancas agrietadas por el tiempo. Al cruzar la esquina, el mundo cambió.
— ¡OH!
— Impresionante, ¿verdad?
— Eso de ahí es agua, ¿no, Juan?
— Claro. Es un embalse. De pequeño íbamos a bañarnos ahí en verano.
— ¿Puedo ir? ¿Me dejas correr hasta allá?
— Claro que sí, chico. Ve a explorar. Yo me quedaré aquí un rato.
El aire de la sierra le evocó algo antiguo. Sonrió apenas. Su ensoñación se rompió cuando una señora pasó junto a él, caminando de la mano de su nieta.
— Buenos días, Juanito.
— Hola, doña Carmen. Bonito amanecer, ¿verdad?
— Precioso.
La señora siguió caminando, dejándolo atrás. La niña miró hacia él.— Abuela, ¿por qué ese señor estaba hablando con su perro?
— No lo sé, Azahara. Pero lo veo contento.

Un rastro de lana y aire frío sobre el adoquín.
El Bicho – Mama Dolores

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