Una sola onza

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El aroma era de salsas, asado y pan casero en cestas de mimbre.
Había un desorden organizado esperando su turno en la cocina.
Pero el salón estaba radiante.
Como la mirada de ella, acariciando con interés sus palabras.

Él sonreía feliz con cada danza de cuchillo y tenedor en el círculo del plato.
Incapaz de interrumpir la ceremonia del paladar, esperó a que ella abriera la conversación.

—No puedo describirte con palabras esta sensación. Mi imaginación se queda corta.

—¿De verdad? Entonces prueba la ensalada.

—¿Normalmente coméis tanto? No logro comprender cómo podéis procesar tanta comida.

—Normalmente comemos un poco más de lo que necesitamos.
Pero esta ocasión es diferente. No se trata de alimentarte.
Se trata de que pruebes un poco de todo.
Que te hagas una idea de lo que hacemos cuando invitamos a alguien a cenar.

—¿Y esto? ¿Cómo se come?

—Con palillos. ¿Ves?

La destreza de él contrastaba con la patosa inexperiencia de ella.
Tras resbalar entre los extremos del palillo, el nigiri fue a encestar en el bolsillo de la camisa del sorprendido comensal.

—Se puede comer con las manos —dijo entre risas—.
Pero espera… mójalo antes en esta salsa negra.

—Sé qué expresiones usáis. “¡Qué rico!”.
Pero para mí es indescriptible. Son sensaciones nuevas.
No sé si terminaré saturando los sentidos.

—Entonces adelantamos la sorpresa final.

—¿Aún hay más?

—Lo mejor siempre se guarda para el final.

Ilusionado, se dirigió a la cocina. Iba tarareando a The Beatles.
Regresó al instante con una pequeña bandeja cubierta.
Vestido con la sonrisa de los domingos, presentó el postre.
Destapó el contenido con una breve ceremonia.
Una sola onza.

—No puedes irte de aquí sin haber probado el chocolate.

—Aquí también tenéis la máxima de que lo bueno debe ser breve, ¿no?

—Sí.
Aunque casi nunca se cumple.
Prueba.

Un ritual delicado acompañó el gesto.
La onza se acercó a la boca.
Un sonido seco confirmó el mordisco.

Su mirada se iluminó de forma discreta.
Cerró los ojos.

—Increíble —dijo, olvidando que aún masticaba.

—Es maravilloso, ¿verdad?

—Sí.
Ha sido todo maravilloso, Doctor.
Pero vamos a tener que dejarlo aquí.

—Ha llegado la hora.

—Sí. Me temo que no será agradable si me quedo mucho más.
Mi cuerpo empieza a descomponerse.
Pero antes…

—¿Antes?

—Necesito probar otra cosa.

Él no esperó.
Comprendió.
Y la besó.

Suave.
Largo.
Amargo como el chocolate negro.

En la puerta, un último beso.
Ella le susurró al oído:

—Esto ha sido lo más dulce de la velada.

Se dijeron adiós con la mirada.
Y ella desapareció en la noche.

The Beatles – Savoy Truffle

Hay historias que no buscan ser entendidas, sino saboreadas.
Esta es una de ellas. (Sirvase con Cabernet Sauvignon)


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2 respuestas a «Una sola onza»

  1. Avatar de BDEB

    Toda historia que termina con una onza de chocolate negro tiene que ser una gran historia.
    Con ese chasquido casi me hiciste saborearlo.
    Saludos Oniro.

  2. Avatar de DeOniros

    Y pensar que existe gente a la que no le gustan el chocolate. Que comerán en las despedidas?
    Gestores sueños.

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