
La gente se agolpaba sin compasión buscando los primeros puestos, había muerto la luz y el escenario, humeante de frío, vibraba con aquel reconocible riff que anunciaba que empezaba a irradiar esa electricidad con la que tanto conectábamos. Las luces blancas atacaron creando la sensación de cámara lenta y de explosión inminente. Las viejas glorias tocaban sus campanas negras una vez más.
Me había escapado del resto obsesionado con estar ahí, delante, y allí estaba, tan cerca que casi podía tocar las gastadas zapatillas de aquel guitarrista loco vestido para ir al colegio. Tú me sonreíste, me dijiste algo en aquel confuso idioma y te pusiste a gritar, emocionada y ansiosa por que reventara la canción.
En dos acordes me miraste con el título de la canción dibujando tus labios, te abrazaste a mí y seguimos cantando, sudando el estribillo como quien pide perdón, en la misa, por sus pecados, solo que gritándole al viento emocionados en la última melodía, con los puños en alto.
El escenario se volvió mudo y los espectadores se derramaban murmurando hacia otros escenarios, y nos quedamos tú y yo, frente a frente, cansados, sonrientes, mirándonos.
– ¿Cómo te llamas?
Ella me cogió de la mano y tiró de mí, dirigiéndome hasta algún lugar desconocido mientras me decía;
– Tenemos dos posibilidades, o empezamos a conocernos un poco y nos vamos a beber algo, o nos vamos follando allá en las gradas mientras esperamos, que Korn actúa en una hora.
Deja un comentario