—Mira, Dolores… ¿No es el hijo de la Aurora?
—Parece. ¿Camina dando eses?
—Ya ves.
—¿Acaba de anochecer y ya está así?
—Normal, el pobre. Criarse sin padre…
—Es hijo del carnicero, ¿no? Del que tuvo una aventura con la Aurora, aunque estuviera casado.
—Así le fue. Pero no. Es hijo de aquel drogadicto que tocaba la guitarra en la plaza.
—¿El que pedía por los portales?
—Ese, ese. Le robó el bolso a la señora Mercedes y nunca más se supo de él.
—Dejando a la Aurora preñada, el muy bribón.
—Míralo cómo se acerca. Yo creo que está drogado.
—Como el padre. Que se las pasaba pinchándose porros.
—Y drogaina.
—Sí. Ahora se para en mitad de la calle.
—Seguro que va a cantar una saeta.
—Se está quitando la camisa.
—Tiene sofoco.
—De la droga.
—Ya ves.
—Mira, mira… Se está quitando los pantalones.
—Degenerado.
—Virgen María bendita… Se los está bajando…
—¿Todo eso es suyo? Le arrastra por el suelo.
—No, Dolores… Eso es una cola.
—¿Qué?
—Dolores…
…
—Le están saliendo alas.
—Que Dios nos coja confesadas.
—Que viene hacia aquí, Dolores. Se nos va a llevar con él.
—Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores…
El extraño ser pasó a escasos metros de ellas. Las miró un instante. Batió las alas. Y desapareció sobre los tejados. Las dos permanecieron inmóviles unos segundos. Hasta que Dolores entrecerró los ojos.
—Ah… Mira.
—¿Qué?
—Pues no era el hijo de la Aurora.
—Ahora de cerca se veía mejor.
—Tenía cuernos.
—Ya se va.
—Se va volando a su infierno.
Silencio.
—Cuando se lo cuente a la Encarna…
—No.
—¿Por?
—Porque luego todo se exagera.

Ahora de cerca se veía mejor.
Ilegales – Odio los Pasodobles
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