
—El universo comenzó a respirar en una nota musical. Su llanto de recién nacido fue en Re mayor.
Fue una explosión inmensa que salpicó de partículas el infinito recién estrenado. Cada una con su timbre.
Al crecer, el calor, que era un susurro crepitando lento, aprendió a disiparse en secreto. El frío, que sonaba con un silbido quebrado en el viento, comprendió que no era eterno.
Ocurrió que el primer latido fue percutivo y la espiral que empezó a crear cuerpos en suspensión arañaba, por fricción, un acorde mayor.
La expansión encontró un compás.
La gravedad descubrió el ritmo.
Las órbitas comenzaron a repetirse como ostinatos.
Los púlsares aprendieron a golpe de tambor.
El movimiento se hizo baile.
El baile, concierto.
Y el concierto creó la vida.
La vida siempre encuentra un ritmo.
—Esta fue la primera melodía. Pero hubo más conciertos. Uno de ellos llevó la música a los organismos vivos que existen y existieron. Pero ¿qué pensarías si te dijera que, antes de crearla, la música ya existía?
—Pues no sé, maestro Morfeo… ¿No será que se le ha ido la cabeza?
—No, pequeña Lyra. Antes de que cualquier pluma audaz o instrumento valiente conquistara el sonido, ese compás habría tenido que ser soñado.
—¿Me está diciendo, maestro, que las melodías ya están creadas en los sueños?
—Las que fueron y las que vendrán, pequeña Lyra.
—Entonces, maestro… ¿para qué c#@& tengo que estudiar solfeo?

—Las melodías nacen dormidas. Así aprenderás a mantenerlas despiertas.



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