La guía del acantilado

Published by

on

No sabía cómo había llegado hasta allí.
Estaba mareado y se tambaleaba al caminar.

—Hola, amigo. ¿Estás bien?

Al verla se sintió mejor.
Una sonrisa perfecta en una mirada llena de vida. Vestía de colores apagados por el paso del tiempo y un pelo naranja que dejaba ver una raíz rubia.
Aun así, era el espíritu de la juventud.

—Ahora que te veo estoy mejor. La verdad es que no sé ni dónde estoy.

—Ah, yo vengo mucho por aquí. Es un sitio muy chulo. Fíjate.

Una gaviota cruzó a vuelo raso y remontó hacia un cielo de azul profundo que terminaba abrazándose con un mar salvaje.

—La verdad es que sí. Ahora que recuerdo, yo también frecuento mucho este sitio. Qué raro no haber coincidido.

—Casi siempre paso desapercibida, así que termino buscando lugares solitarios. Tan bellos como este.

—Pues no lo entiendo. Llamas mucho la atención.

—¿A que sí? Si yo lo digo siempre. Será por mi trabajo.

El silencio contemplo la espuma de las olas. Al poco, ella le propuso un plan.

—Ven. Conozco un sitio que te va a encantar. Sígueme… si puedes.

La chica le enseñó un sendero escondido entre la maleza. Terminaba en unas escaleras verdes por el musgo que subían por el acantilado.

Ella trepó corriendo.
Él subía con cuidado.

Llegaron a una cueva y ella entró sin pensarlo.

—Venga, entra.

—Oye… ¿es seguro esto?

—No. Pero no te va a pasar nada. Confía en mí.

—Pero… si no sé ni cómo te llamas.

—Neft. Me llamo Neft.

—Bonito nombre.

Caminaron un buen trecho casi a oscuras. Ya veía la luz cuando ella le agarró de la mano.

Entonces se dio cuenta del precipicio.

—Cuidado —dijo ella—, o te vas a perder lo mejor.

Un poco más arriba había un saliente en la roca. Un balcón natural sobre el mar.

Ya al descubierto, ella lo miraba sonriendo, esperando esa expresión de sorpresa al ver el abismo bajo sus pies.

Se sentaron a ver el paisaje. Hablaron, rieron y esperaron una puesta de sol que ya era inminente. Confirmó que la chispa que desprendía su mirada era pura vida.

—Oye, Neft…

—Dime, Tomi.

No recordaba haberle dicho su nombre. Pero no importó. Su mente tenía otros planes.

—Cuando termine esto… ¿nos iremos a tomar unas cervezas?

Ella sonrió con una seriedad que no terminaba de creerse.

—Me gustaría, pero no puedo. Estoy trabajando.

—¿De verdad? ¿En qué trabajas?

—He venido a llevarte.

—¿A dónde?

—A otro lugar.

Fue entonces cuando miró hacia abajo.

Allí, en el confín del acantilado, donde las mareas rompían contra la roca…

había un cuerpo humano destrozado.

Hay quien aparece cuando ya no queda camino.

Janis Joplin – Little Girl Blues


Descubre más desde El descanso del Onironauta

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


, ,

Deja un comentario


Descubre más desde El descanso del Onironauta

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo