
Hace poco, siguiendo a una sirena, terminé en las puertas de aquel gimnasio nuevo. Ese que atraía a los cuerpos esculpidos en sudor tanto como a mí la melodía de la hija de Aqueloo.
Sin poder remediarlo, pagué el rescate de mi salud con la promesa de esfuerzo y con el diezmo mensual del más pobre de los jornaleros. Pero antes miré hacia dentro… y allí estaba su encanto.
Volví. A pescar mi sirena.
Con uniforme de atleta en paro.
Con ganas de espeto y pocas de mover el esqueleto.
Busqué entre las máquinas de tortura a mi quimera escamada. Pero solo encontré eso: aparatos maquiavélicos.
Hombres y mujeres con prótesis de plástico que los hacían distintos. Más fuertes, más rápidos, más estéticos.
Ellas, con la sonrisa esculpida en los labios, sin olvidar la melodía de los saltos.
Ellos, de abdomen adoquinado, frunciendo el ceño en esfuerzo titánico.
Todos me susurraban: fofo.
Rieron de mi rendimiento. Se burlaron de mis kilos de más y de los kilos que no podía levantar. Pero yo no estaba allí para contentarlos a ellos.
Solo seguía la melodía de un canto.
La encontré al poco tiempo, saliendo de los aseos.
No pude evitarlo. Me acerqué y le dije:
—¿Pero tú no haces ejercicio?
—No, yo no. Yo soy la que limpia.
—Yo solo vine aquí a invitarte a algo.
—¿A algo? ¿A qué algo?
—Ya que no estás en esta secta… a una cervecita, tapeo y conversación. Si te apetece.
—¿Pagas tú?
—Claro.
—En once minutos y treinta y seis segundos acabo.
—Entonces me cambio y nos vamos.
Y allí dejamos sudando a todas las víctimas del cuerpo perfecto.
Ramones – She’s a Sensation
Y el canto seguía allí.


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