
Sus ojos eran inexpresivos.
Estaban clavados en él.
Masticaba el aire con gracia.
Pero sus largas orejas estaban gachas.
—Probaré con esto.
El joven hizo un gesto. Exclamó una frase incomprensible. Señaló al animal y gritó.
Una voluta de humo apareció a su alrededor. Cuando se disipó, el pelaje había cambiado de color. Ahora era de un azul intenso.
—Sí. Ya sé, ya sé. No me digas nada.
Su mirada seguía sin apartarse. Su mandíbula seguía al mismo ritmo. Sus patas delanteras, suspendidas en el aire, se quedaron quietas.
—Probaré con esto.
Inició un cántico.
Comenzó una danza.
La intensidad del sonido se elevó.
Empezó a vibrar el aire.
Tintineó el cristal.
Se rasgó el viento.
Una luz cegadora lo volvió todo blanco.
Cuernos.
Le salieron unos minúsculos cuernos en la cabeza.
Sus orejas seguían gachas.
Su mirada, perdida.
—Vale, intentaré algo distinto.
Caminó hacia la estantería.
Agarró una bolsa.
De su interior sacó algo.
Se lo metió en la boca.
Sopló.
Una nube de color rosa salió de su boca y rodeó al animal.
El tamaño de este empezó a aumentar, llegando a estar por encima de los dos metros.
—¡Ya sé, ya sé! ¡No te muevas! Tengo otra idea.
Corrió a la despensa.
Volvió con una bolsa de arroz.
Con él, hizo un círculo alrededor de la criatura.
Gritó una frase en una lengua muerta.
La oscuridad llegó de repente.
El silencio se hizo absoluto.
Una luz verde apareció en el horizonte.
Era una luciérnaga.
Revoloteó.
Se acercó.
De una palmada dejó de volar.
Cuando tocó el suelo, todo era normal.
Menos el animal.
Ahora tenía seis patas.
Miraba inexpresivo al joven mientras este se ponía las manos en la cabeza.
—Lo siento, Jose Antonio. No sé qué más hacer.
No dejaba de mirarlo.
—Sí, el fallo ha sido mío, lo reconozco.
Su mirada era penetrante.
—Sí, vale, pero tú te ofreciste voluntario para probar el hechizo.
Ozzy Osbourne — Now You See It (Now You Don’t)

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