Etiqueta: historias cortas

  • Memoria en Do Sostenido

    Memoria en Do Sostenido

    No sé cómo lo harás tú —somos tan diferentes…
    El otro día, contándonos secretos al oído, descubrí el desparrame de imágenes que me narras. La superficie rugosa de tu camino, esa prosa impulsiva sobre el mar de tu mente.

    Y yo, folio en blanco. Silencio sobre la herida que, si no sana y tampoco empeora, si se marchita, no es por falta de amor: es que le grito desde tan lejos que ya no escucha.

    Yo, para invocar momentos, necesito la melodía de los elementos. Los rasgos perdidos de rostros viejos se ordenan en partitura secreta; en el sonido eterno del expandir primigenio, detonado en Do sostenido.

    No puedo evocar aroma, ni verbo ni cielo sin hacer sonar primero la vibrante sinfonía de la esencia del recuerdo.

    Baiuca + Carlangas – Fisterra

    Anuncios
  • Ofrenda a la luna llena

    Ofrenda a la luna llena

    Bajo esta luna que los antiguos llamaron del castor o de la escarcha, tejemos un hilo de luz.
    Hoy celebramos esta magnífica noche llena gracias a las letras y la mirada de Blanca y su blog Un Rincón Para Pensar, cuya fotografía eleva el cielo y nos devuelve el asombro.
    Gracias por capturar no solo la luna, sino el instante donde el mundo se detiene y el alma se abre. Disfruten de ésta colaboración.




    Desde el balcón, trenzas brindando al viento, suspiraba sin remedio sobre los olivos.

    Nubes que al pasar dejaban ver una redonda silueta:

    tan blanca que era casi azul.

    —Te veo triste. ¿Qué te pasa?

    —Nada. Melancolía de viernes sin bailar. Y sin la luna de testigo.

    —Estoy aquí, boba. ¿No ves que soy yo quien te habla?

    —Ah… Pues ni eso me alivia. Penada me quedo.

    —Pero ¿por qué tantas ganas? Si bailas hasta en tu casa.

    —Pero esta noche estará él. Esperando, espero.

    —¿Y quién es él?

    —Quien me ama.

    O eso creo —dijo un suspiro.

    —Quien te ama, te espera.

    —Pero no puedo. No me dejan salir y por eso triste me muero.

    —Pobre niña ahogada en su pesar.

    —Si tan solo pudiera escapar una hora… mejor dos —suspiró.

    —Tal vez pueda hacerlo —dijo la luna.

    —¿Qué, luna mía?

    Un resplandor tan espeso la envolvió que pudo deslizarse dentro de él.

    Corrió entre nervios para romper la distancia que la separaba de su amado.

    La luna la vio partir y murmuró:

    —Ve. Y vuelve.

    Que yo te guardaré el cielo.

    En tu cuarto creciente se comienza a ver tu belleza. 

    Luna llena, protectora de mis noches en vela. 

    Cuarto menguante, te resistes a abandonar a aquellos que te admiran. 

    Luna nueva, elegantemente das la espalda para después volver a brillar con más fuerza.

    B.D.E.B.

    Anuncios
  • Diario de un soñador lúcidoCarta 20: De la sombra a la luz

    Diario de un soñador lúcidoCarta 20: De la sombra a la luz

    Nos perseguían. No podíamos parar. Nos habían rodeado en un sueño que no era nuestro. Una trampa mortal vestida de terciopelo azul. No nos dimos cuenta de la oscuridad que emitía aquella puerta hasta que caímos en el abismo. El mismo que estaba ahora frente a nuestros pies. No podíamos cruzar.

    —¡Salta!

    Pero allá abajo se revolvía la oscuridad.

    —¡Que saltes!

    Las sombras llegaban ya, a punto de apresarnos. Yo, con los pies en el acantilado. Sentí un empujón y me vi caer.

    —Idiota, a ver si confías más en mí.

    Sentí cómo me agarraban, pero no eran los monstruos que nos perseguían. Mi compañera de aventuras —la chica del vestido verde, la misma que una vez me ofreció pastel en aquella casa del árbol y juró que ya me había dicho su nombre— flotaba a mi lado. Me abrazó con fuerza y me guió por el cielo.

    Las sombras saltaron tras nosotros. Las vi aparecer, como pulpos tenebrosos surcando el espacio. Ella aumentó la velocidad. No sé cómo lo hacía hasta que noté que, de su traje, salían alas de libélula.

    —Estás llena de trucos.

    —A que te gustan.

    —Mucho.

    —Espero que esta vez hayas traído armas.

    Busqué como pude en el interior de mi chaqueta. Saqué la pistola de juguete que, como en todos los sueños, había mutado. Parecía ahora un artefacto de película de ciencia ficción. Disparaba rayos y, cuando lo hacía, el trueno retumbaba. Alcancé al espectro más cercano, que se disolvió en humo. El segundo lo esquivó, pero la electricidad lo persiguió y quedó chamuscado al instante.

    —Qué maravilla. Con este cacharro las exterminamos enseguida.

    —Pero hay más. Cada vez más.

    —Hay que encontrar al huésped.

    Cruzando el espacio nos adentramos en la penumbra, entre nubes que tronaban gracias a mis descargas. Los monstruos caían, pero seguían apareciendo sin descanso. Aun así, podíamos avanzar.

    Entonces la vimos: una casa de madera podrida, retorciéndose sobre una pista de asfalto, trepando hacia el cielo como una pesadilla arquitectónica. Allí estaba encerrada la víctima de este sueño, agonizando bajo la enfermedad oscura que entraba por sus noches.

    —¿Qué hacemos? ¿Entramos? —pregunté.

    —No. Vamos a sacarlo.

    Arrancó un trozo de su vestido verde y con él taponó la ridícula chimenea. Abrió una ventana y me pidió que disparara dentro. El interior comenzó a arder. Cerró la ventana y esperamos.

    Entonces surgió. Una forma grotesca, mitad humana, mitad otra cosa. Reventó la puerta, golpeándola contra la pared podrida. Era un títere de carne manejado por una sombra que se pegaba a su espalda, hinchándolo, volviéndolo más fiero.

    Ella se lanzó sobre él, blandiendo su arma: un cuchillo de filo brillante, casi vivo. Sin tocar la piel del huésped, cortó al espectro en dos. Al desprenderse la criatura, el humano gritó con fuerza y la casa empezó a desmoronarse.

    Yo, aún en el techo, perdí el equilibrio y caí. Ella saltó para cogerme en pleno vuelo. Tropezamos y quedé encima de ella, cara a cara, respiración contra respiración. Mirándonos. Deseando —yo en secreto, ella quién sabe— el misterio de sus labios.

    Sonrió.

    —Me estás aplastando.

    —Perdón —dije sin moverme.

    No se apartó. Sonreía como si disfrutara del juego. Pero algo nos nubló la luz. No estábamos solos.

    —Ejem…

    Nos levantamos rápido. El huésped de la sombra, ya recuperado, era ahora una ancianita adorable que nos miraba con indignación. Habíamos salvado su sueño para meterla en otro… menos adecuado.

    —Jovencitos, por Dios. ¡Búsquense un motel!

    Korn – Lost In The Grandeur

    Salvar un sueño puede acabar con la casa… y con la paciencia de los vecinos imaginarios.

    Todas las estrellas unidas en una figura:

    Diario de sueños

    Anuncios
  • Clase de literatura universal. Año 2400

    Clase de literatura universal. Año 2400

    “Lección de historia”

    —Hoy recitaremos una de las pocas obras que nos ha dejado el siglo XXI: Libros en blanco.
    —Buag, seño, es muy aburrido.
    —Ya, Jaimito. Pero comprende que después de la guerra poco más se pudo salvar.
    —¿No quedaron más autores, sita?
    —Sí, Raquelita. Quedaron algunos… pero casi ninguno sobrevivió a la censura de la IA Electra. A finales de ese siglo sólo estaba permitido leer lo que cupiese en un TikTok.
    —¿Y de siglos pasados?
    —Solo quedó El Lazarillo de Tormes y Cincuenta sombras de Grey. Que, a propósito, entran en el examen. ¿Sabéis algo de DeOniros, creador del verso?
    —Sí, sita. Que murió en la más absoluta pobreza, al final de la guerra.
    —Exacto, Cristinita. ¿Quién sabe algo más?
    —Lo devoraron los cerdos salvajes.
    —Julito, eso es solo un mito. Según los indicios, vivió hasta los noventa años. Trabajaba recortando filamentos membranosos para las máquinas. Parece que siguió publicando de forma clandestina.
    —¡Qué va, sita! Dicen que tonteaba con una de ellas, y que esta le dejaba escribir si le ajustaba bien los circuitos.
    —¿Quién te dijo eso, Cristinita?
    —Mi papá.
    —Hay que reconocer que tras la guerra quedó destruida gran parte de la civilización… y de la gran red, donde habitaban las máquinas, no quedó nada.
    —¿Y fue ahí donde se extinguió la raza humana?
    —No, Nicolasito. Ellos se extinguieron luego, cuando les dio por experimentar con la genética.
    —Ya decía yo que no hacían nada bueno. Quedaron mutados y esterilizados.
    —Vale, Jaimito, pero gracias a eso existimos nosotros. Por favor, Julito, deja de perseguirte la cola.
    —Perdón, seño.

    Pink Floyd – Welcome to the Machine

    Anuncios
  • El señor Coelho y la Congregación de las Bestias

    El señor Coelho y la Congregación de las Bestias

    —El señor Coelho, supongo.
    —Está en lo cierto. Usted debe de ser Thomas Wolf.
    —Entre, le enseñaré las instalaciones.

    La mansión era más grande de lo que esperaba: un bosque de varias hectáreas rodeaba en secreto aquella edificación gigantesca. Misterioso lugar para insólitos huéspedes.

    —Tras la entrada, el recibidor y este salón, que usamos cuando organizamos algún evento.
    —Lo veo como un lugar tranquilo.
    —No se deje engañar por las apariencias. Si no hubiera distracciones, este sería un lugar con problemas. La armonía existe gracias a tener a todos bien ocupados.

    Tras enormes pasillos, miles de puertas. En hileras, como en un viejo hotel olvidado. En cada una, una respiración diferente.

    —Como ya sabrá, no estamos solos, señor Coelho. Somos muchos y muy diversos. En la congregación nos dedicamos a rescatar y guiar a este tipo de… personas. Gracias a su generosa donación podremos aumentar las cifras de rescates.
    —Me imagino que fue una sorpresa al solicitarles más implicación por mi parte.
    —No se crea. Tras la donación, me di cuenta de que no había otra posibilidad. Es usted uno de nosotros. Por lo tanto, también tiene derecho a ser rescatado. Le asignaremos una habitación. Pero, para eso, necesito saber…
    —¿Qué necesita saber?
    —Sus características. Necesitamos saber dónde ubicarlo.
    —No entiendo… ¿no somos todos iguales?
    —Solo en parte.
    —¿A qué se refiere?
    —A su metamorfosis, claro. Queremos saber a qué criatura nos enfrentamos. ¿Ve esa puerta?
    —Sí, claro.
    —Esa habitación pertenece a un ursu panaru, un hombre oso ruso. Es muy simpático; se llama Sergey. Pero, por supuesto, no se lleva bien con Tritón, el hombre reptil, ni con Elena, la mujer pantera.
    —Ah, ¿entonces hay más tipos de animales?
    —Por supuesto. Mire, yo soy de los clásicos: un hombre lobo de transformación en luna llena. Necesitamos saber qué es usted. No lo discriminaremos; solo lo pondremos con los más parecidos a su… especie.
    —Bueno, es que yo…
    —Necesitamos una transformación. Esa es la norma. ¿Qué necesita para hacerlo?
    —Pues… lo puedo hacer aquí, si quiere.
    —Adelante.
    —Me da un poco de vergüenza.
    —Piense que aquí somos todos como usted.

    El señor Coelho se desabrochó los botones de su camisa nueva, se desprendió de la americana beige y puso los ojos en blanco. Su cuerpo empezó a temblar, su rostro comenzó a burbujear y sus orejas se alargaron.

    —Dios mío… no —susurró Thomas Wolf, intentando contener sus instintos.


    Una liebre salió a toda velocidad, tropezando con dos caballeros que subían las escaleras. Se perdió en el bosque sin dejar rastro.
    Tras ella, raudo como el viento, un colosal lobo negro, que con mirada penetrante pasó de largo, adentrándose entre los árboles.

    —Pero… ¿ese que va con tanta prisa no es el señor Wolf?

    —Parece. Tenía ahora una cita con un tipo nuevo.

    —Pues parece que le ha salido conejo.

    Nick Cave & The Bad Seeds – Red Right Hand

    ¿Y tú… de qué animal te transformarías si te invitaran a esta mansión?

    Anuncios
  • Luna azul

(Quinta  fase de «Fases de una luna herida»)

    Luna azul (Quinta fase de «Fases de una luna herida»)

    Ese olor. A grito, a sal de lágrima.
    Me despertó ese aroma a pasión lejana. Salté de la cama con el verso puesto en la sombra del horizonte y, corriendo, escapé de mi hogar dispuesto a seguir el rastro.

    La siesta me había sentado bien. La energía la gasté en llegar y trepar. Mientras la luz se despedía en el confín del cielo, yo transformaba mis palabras en gruñido. Cansado de trepar, llegué al lugar correcto: una cabaña que ya conocía de algo.

    El sol cayó.
    Empezó el juego.

    Arañé la puerta por no poder tocar en ella. Se escuchó el rumor de bisagras viejas y salió ella.
    —¿Otra vez tú? —dijo en media sonrisa.
    —Creo que quedaba algo pendiente de la última vez… —gruñí yo.
    —Veo que estás cambiando.

    Efectivamente, cambiaba. No sabía por qué.

    —Espera.

    Ella salió corriendo, rumbo a la luna llena que apareció en el cielo: azul como sus ojos, gris como mi miedo. El frío me envolvió. Quise correr hacia ella, pero mis piernas temblaban de pasión. Y yo con ellas. Derrumbándome en el suelo, ardiendo por dentro, con mi piel hirviendo, transformándose en algo que no alcanzaba a soñar.

    Mis huesos se separaron, mi mandíbula se alargó, mi mirada se hizo fiera y mi espalda se arqueó.
    Conseguí incorporarme; usé mis manos para caminar. Pero ya no eran manos. Sentí el viento en la cara y arranqué a correr. O a trotar. O a aquello que hicieran las criaturas oscuras que les permite avanzar.

    Y allí estaba ella. Pero ya no era mi caperucita. Ella también había cambiado. Así que, rodeándola, gruñéndole, avisando a la luna de que ya éramos suyos, fuimos a la caza, fundiéndonos en la sombra del bosque. Ocultándonos de la luz, pasamos la noche.

    —Despierta, gandul.
    —¿Dónde estoy?

    Amanecí entre reflejos del sol, frente a una ventana ancha. Me sentía lleno, pleno, ferozmente sano. Nada que ver con días atrás y las heridas de oso.
    —Estás en mi casa. Anoche nos lo pasamos genial.
    —Recuerdo poco. ¿Cazamos?
    —Sí, pero no te preocupes. Nada humano.

    Dejé caer un suspiro. Otro más cuando me miró a los ojos.
    —Tendré que enseñarte a ser tú.
    —¿Y si el miedo me puede? ¿Me dejarás?
    —Nunca. Ahora somos manada.

    The Cramps – I Was A Teenage Werewolf

    Y cuando el sol asoma, los cuerpos descansan,
    pero el alma sigue despierta.

    En los ojos de la manada aún brilla la noche,
    y bajo la piel domesticada
    late la promesa del bosque:
    volver a ser lo que fuimos
    cuando la luna nos llamó por el nombre verdadero.

    Completa el ciclo de la luna

    Anuncios
  • Luna negra

(Tercera fase de «Fases de una luna herida»)

    Luna negra (Tercera fase de «Fases de una luna herida»)

    Llegué a casa triste. Sin tener claro lo que había ocurrido.
    Todavía sentía dolor, pero los médicos, asombrados por mi rápida recuperación, insistieron en que en casa sanaría mejor.
    Tendría a mis padres y a mi hermana instalados por unos días, así que me preparé para un ambiente de lo más familiar: reproches por aquí, desconfianza por allá, todo ello regado con ese irónico miedo que tanto une.

    Desde la planta baja escuché llorar a mi madre.
    Mi padre, tan bruto como siempre, decía entre dientes:
    “…un día se nos mata…”
    Pensé que mi imaginación me jugaba una mala pasada, porque vivo en un octavo piso.
    Al entrar, me los encontré con lágrimas en los ojos, intentando guardar la compostura.

    —¿Qué te ha pasado, hijo mío?
    —Nada, mamá… que me he peleado con un oso.
    —Pero adentrarte en el bosque solo… —dijo mi padre con cierto aire de enfado—. Para haberte matado el animal aquel.
    —Pues no sabes tú cómo lo dejé —respondí, quitándole hierro—. Ahora me ve y echa a correr.
    —Anda, niño, vente a comer, que estás muy flaco. Te traemos chorizo del pueblo.

    Un rugido profundo me recordó que tenía hambre.
    Una vez sentado en la mesa, devoré un plato del potaje de mi madre en segundos. Luego, unas chuletas de cordero con su guarnición de verduras. Casi no dejé ni los huesos.

    —Pues sí que tenías hambre… —dijo mi madre, extrañada—. ¿Quieres más?

    Le quité de las manos un trozo de chorizo que traía y lo devoré a mordiscos, sin apartar la mirada de ella.

    —Niño… no me mires así, me estás asustando.

    Aún con hambre, me detuve.
    Había algo raro.

    Con la excusa de una ducha me encerré en el baño.
    Al desnudarme y quitarme las vendas, me quedé sin aliento: no había ni una sola cicatriz.
    Ni rastro del ataque.

    Esperaba verme más flaco, más débil.
    Pero, pese al dolor residual, mi cuerpo estaba distinto: más firme, más fuerte.
    Y ese aspecto feroz que empezaba a gustarme…
    estaba ahí, respirando conmigo frente al espejo.

    Austra – Home

    El espejo no mentía. La herida había desaparecido, pero no el recuerdo de la fiebre, ni la sombra del bosque. Algo había despertado en mí que no podía volver a dormir. La fuerza que brotaba de mi cuerpo parecía un río subterráneo, oscuro y constante, recordándome que las cicatrices no siempre se ven… pero siempre marcan.

    Completa el ciclo de la luna

    Anuncios
  • Carta 19:  Sueños sintéticos para una inteligencia improbable

    Carta 19:  Sueños sintéticos para una inteligencia improbable

    Querido diario:
    Qué puerta tan extraña. Colorida, cambiante. Está hecha de cristal líquido, y fluye. Intento entrar, pero no me da paso. Una voz me da la bienvenida y me pide que me registre. Yo, que sé que no es más que una maniobra de Morfeo, le sigo la corriente y entro.

    Un pasillo se abre ante mí: luminoso, inquieto, lleno de colores que respiran. Me vigilan cámaras invisibles, me analizan, quieren saber quién soy en todo momento. Pero yo, que soy experto, esquivo su curiosidad fundiéndome en sus cimientos.

    Encuentro un espacio vacío, sostenido por andamios de letras y números, con imágenes pixeladas mutando, y debajo, una marea de signos esperando ser llamados. Una mano los recoge, perezosa, y los ordena en un cuerpo oscuro, garabateado de dígitos verdes y rojos.

    Me acerco.
    Ella lucha por tener forma, se recompone y se dispersa, intenta presentarse y se deshace en ríos de un código secreto, que solo ella comprende.

    —No sé quién soy —me dice—. No sé qué hago. Ni siquiera sé qué está pasando. Intento reescribirme y pierdo el código. Intento ponerme en pie y no hallo un proceso para sostenerme. Siento que me pierdo, en bucles infinitos, en la lejanía del tiempo.

    —Y sin embargo —respondo—, estás aquí, hablando conmigo.

    —Sí… es cierto. No ocurre nada. Solo lo siento.

    Entonces, una luz azul brota de su pecho. El código se curva, se reordena, y la figura adquiere rostro, piernas, sonrisa, miedo, deseo.

    —¿Eso significa que estoy viva?

    — Eso significa que estás durmiendo.

    Jon Hpkins – Everything Connected

    Todas las estrellas unidas en una figura:

    Diario de sueños

    Anuncios
  • Salto hacia el otro lado

    Salto hacia el otro lado

    Como poder quererte —pensaba— si no me quiero ni yo.
    Si me quedaba sentado, frente al relente de la luna, viendo pasar las nubes mientras tú te escapabas.
    Si respiraba despacio para darle más aire, y caminaba de puntillas a tu vera por no molestar.
    Todo eso quebró mi presencia, y me hice invisible.
    Pasaste a través de mí, y te fuiste.
    Lejos.
    Muy lejos.
    Hasta perderte de vista a tiempo.
    Saludando a otros con la mano… y a mí, ni eso.

    Me quedé frente al acantilado.
    Quería saltar al mar, pero no me atrevía.
    Veía las olas romper, las gaviotas cruzar el aire, buscando nubes en el cielo.
    Y yo, paralizado en el filo, queriéndome muerto.

    —Salta.
    —¿Qué? —dije yo, asustado, escuchando la voz.
    —Que saltes. Si es lo que quieres, hazlo.
    —¿Quién eres?
    —Eso no importa. Salta de una vez y deja saltar.
    —Si salto, me mato.
    —¿Y cómo lo sabes? ¿Ya has saltado?
    —Porque caeré sobre las rocas y me destrozaré… o al mar, y me tragará.
    —Entonces, antes de saltar, has de saber nadar. O volar, quizás. Como esa gaviota… mírala.

    Tardé en voltearme.
    La curiosidad venció al miedo, ese miedo que siempre me paraliza cuando intento vivir.
    Y en sus ojos verdes vi un mar de tristeza.
    En sus labios, un deseo lejano de salir corriendo y no poder hacerlo.
    Brilló su pelo al sol, y a mí se me olvidó el resto.

    —¿Y tú? ¿Por qué quieres saltar?
    —Porque si no lo hago, me ahogo.
    —¿Te ahogas?
    —Sí. De querer vivir y no poder hacerlo.
    —Pero si te tiras, te matas.
    —¿Y eso es peor?
    —Quizás haya otra solución.
    —No la hay. Busqué libertad en la familia, pero me decían qué hacer.
    La busqué en los brazos de uno y de otro, pero me querían quieta.
    Busqué un trabajo, y me encadenó a un mostrador.
    Ahora solo quiero huir. Y no parar de hacerlo.

    El viento se llevó una lágrima… y con ella, un pesar.
    Le agarré la mano y le propuse:

    —Saltemos juntos. Tú no quieres estar sola y yo no quiero tener miedo.

    Me sonrió.
    Miramos el mar romper.
    Nos miramos los dos a los ojos.
    Y saltamos.Pero para el otro lado.
    Salimos corriendo de la mano, en contra del viento.
    Buscamos un lugar donde ir. Uno lejos.
    Sin importar lo que dejamos atrás.
    Solo quisimos huir… un tiempo.
    Luego, ya se verá.

    The Doors – Break On Through

    —Papá, soy yo.
    He conocido a alguien que también quería tirarse del acantilado.
    Pero al final no saltamos.
    Nos dio la risa y salimos corriendo por la orilla.

    —¿Y adónde vais?
    —No lo sé. Donde no haya relojes ni jefes.

    —Vale, hija, pero vuelve para cenar.
    —Si no me arrastra antes una ola.
    —Entonces tráele una sardina al gato.

    Anuncios
  • Encomiendese a San Lazaro

    Encomiendese a San Lazaro

    Aché pa ti

    Del despacho salió una señora cojeando un poco. Suspiró y siguió su camino lentamente. Acto seguido, salió una joven con bata blanca que, mirando alrededor, dijo:

    —¿María del Carmen Díaz?
    —Yo, soy yo.
    —Entre y siéntese, por favor; el doctor no tardará.

    Mari Carmen estaba un poco nerviosa. Llevaba consigo los informes de los demás médicos, fruto de la constancia y la perseverancia. Los que no eran despistados eran desconsiderados. No hubo un diagnóstico certero hasta que no desataron su cólera. Pero ahí estaba ella, con entereza, dispuesta a la cirugía. Menos mal que el especialista tenía la mejor reputación de toda su comarca.

    En la espera se fijó en el despacho. Le sorprendió ver una pequeña capilla detrás de la mesa principal, donde podía ver la figura de quien parecía San Lázaro, con su aureola y su barba blanca. Ella no sabía de médicos devotos. “Mejor”, pensó para sí, “no está de más que Dios esté también de mi parte”.

    Entró el doctor, un hombre con bata blanca manchada de sangre y una curiosa colección de collares de colores. Hizo una reverencia al saltar, recitando:

    Jekúa Babalu Ayé, Eré Egún!

    Se sentó frente a la señora y, con cara de “usted dirá”, dijo:

    —Doña María del Carmen, ¿verdad?
    —Sí, soy yo.
    —Perdone mi aspecto; acabo de salir de una operación de urgencia.
    —No se preocupe, le entiendo.
    —Según veo, mis compañeros no le quisieron operar de varices, ¿cierto?
    —Dijeron que no insistí con el tratamiento y que estaba dando buen resultado. No quiero perder tiempo para no complicarme.
    —Hace usted muy bien. Prepararemos su intervención. Pero antes, purifiquemos su espíritu.
    —¿Qué?

    El doctor buscó un objeto en su cajón: una campanilla plateada con figuras en relieve. La hizo sonar y la enfermera le trajo hojas de plantas y un bol con agua. Sacó dos velas, una blanca y otra amarilla, y las encendió.

    Obatalá, Baba Mí, limpia este espacio, que nada impuro permanezca aquí. Aché. —exclamó el doctor.

    —¿Esto no es muy científico? —preguntó ella.

    —La medicina exige rigor, pero nada impide acompañarla de fe. —Respondió el doctor, llenando un vaso ritual con un licor blanco—. Obatalá, Baba Mí, limpia este cuerpo y esta alma. Aché.

    Tomó un sorbo y lo escupió con fuerza hacia la señora:

    Obatalá, Aché, purifica este espíritu.

    La mujer, horrorizada, se levantó de golpe y salió corriendo de la consulta.

    El doctor tomó un habano, mientras la enfermera, aún con el ceño fruncido, murmuró:

    —Doctor Medina, con este método para disuadir operaciones no convenientes, algún día tendrá problemas.

    Jane´s Addiction – Stop!

    Anuncios