Etiqueta: DeOniros

  • The Mid of Us

    The Mid of Us

    —Hostias, tío. ¿Qué es eso tan feo que te ha salido en la cabeza?

    —¿Qué?

    —No sé… parece una seta.

    —Ah, ¿eso? Tú no estás a la onda, broh. Es el nuevo simbionte X1.5.

    —¿Lo qué?

    —Un equipo multimedia completo. Realidad aumentada, comunicaciones…

    —¿Eso es un móvil?

    —Es mucho más. Lleva el nuevo procesador biológico híbrido 3150i de Inter.

    —No sé, a mí me parece raro. Da un poco de cringe llevar eso ahí.

    —Qué va, tío. Merece la pena. Tiene inteligencia aumentada por IA.

    —¿Inteligencia aumentada?

    —Sí, broh. Pregúntame algo.

    —Vale… ¿dónde está Albacete?

    —Albacete está en el sureste de la península ibérica, en Castilla-La Mancha.
    Es la capital de su provincia.
    A unos 230 kilómetros de Madrid,
    en plena llanura manchega,
    a 680 metros sobre el nivel del mar.

    Si España fuera una mesa,
    Albacete sería el punto exacto
    donde alguien dejó el vaso
    y nunca lo volvió a mover.

    —Hostias, broh… ¿y toda esa info de dónde sale?

    —No sé. Me viene a la cabeza de golpe.
    Prueba otra vez, pero algo difícil.

    —Vale. Raíz cuadrada de doscientos mil millones.

    —Es un número que ya no pesa.
    Divide la desmesura en algo caminable.
    La prueba de que incluso lo inmenso
    acepta reducirse a una cifra humilde.

    447.213,6

    —Hostias, tío. Lo has bordado.

    —Sí. Como si tú lo supieras.

    —Oye… ¿y cómo lo enchufas?

    —¿A dónde lo quieres enchufar?

    —Tendrá batería, ¿no?

    —Qué va. Es orgánico.

    —Entonces… ¿con qué lo alimentas?

    —Agua, mucho sol y algunos nutrientes.

    —¿Te pones abono en la cabeza?

    —No. Los coge de mí.
    Según va necesitando cosas,
    me van entrando antojos.

    —¿Y si necesita calcio…?

    —Queso.
    Me da un antojo de queso increíble.

    —¿Y si no se lo das?

    —No sé, tío…

    —¿Qué?

    —Que lo que me está entrando ahora
    son ganas de darte un mordisco.

    Beastie Boys – Sabotage

    No alimentes a tu simbionte después de medianoche.

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  • La forma correcta de callar

    La forma correcta de callar

    Una sonrisa puede ser un refugio o una obligación.


#Poesía #DeOniros #SonrisaImpuesta #ViolenciaSutil #TextoBreve #PoesíaContemporánea #LoQueNoSeVe #Escritura

    Ella sonreía.

    Hacía brillar de marfil
    la más tímida de las miradas.

    Encandilaba, cotidiana,
    las frases de súplica que se acercaban,
    esas que eran órdenes amables
    y que siempre subían de escala.

    Y ella callaba.

    Sonrisa seria en el rostro pintado.
    Mirada triste.
    Cansada.

    Soñaba con imposibles golpes de suerte,
    suplicaba el milagro remoto,
    ese que, desde templos de usura,
    liberara caudales
    a cambio de una amabilidad de firma impuesta,
    de esas que, aunque duelan,
    se asume sin protesta.

    Ella sonreía triste,
    aunque nadie lo notara.

    PJ Harvey – The Words That Maketh Murder

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  • Una sola onza

    Una sola onza

    El aroma era de salsas, asado y pan casero en cestas de mimbre.
    Había un desorden organizado esperando su turno en la cocina.
    Pero el salón estaba radiante.
    Como la mirada de ella, acariciando con interés sus palabras.

    Él sonreía feliz con cada danza de cuchillo y tenedor en el círculo del plato.
    Incapaz de interrumpir la ceremonia del paladar, esperó a que ella abriera la conversación.

    —No puedo describirte con palabras esta sensación. Mi imaginación se queda corta.

    —¿De verdad? Entonces prueba la ensalada.

    —¿Normalmente coméis tanto? No logro comprender cómo podéis procesar tanta comida.

    —Normalmente comemos un poco más de lo que necesitamos.
    Pero esta ocasión es diferente. No se trata de alimentarte.
    Se trata de que pruebes un poco de todo.
    Que te hagas una idea de lo que hacemos cuando invitamos a alguien a cenar.

    —¿Y esto? ¿Cómo se come?

    —Con palillos. ¿Ves?

    La destreza de él contrastaba con la patosa inexperiencia de ella.
    Tras resbalar entre los extremos del palillo, el nigiri fue a encestar en el bolsillo de la camisa del sorprendido comensal.

    —Se puede comer con las manos —dijo entre risas—.
    Pero espera… mójalo antes en esta salsa negra.

    —Sé qué expresiones usáis. “¡Qué rico!”.
    Pero para mí es indescriptible. Son sensaciones nuevas.
    No sé si terminaré saturando los sentidos.

    —Entonces adelantamos la sorpresa final.

    —¿Aún hay más?

    —Lo mejor siempre se guarda para el final.

    Ilusionado, se dirigió a la cocina. Iba tarareando a The Beatles.
    Regresó al instante con una pequeña bandeja cubierta.
    Vestido con la sonrisa de los domingos, presentó el postre.
    Destapó el contenido con una breve ceremonia.
    Una sola onza.

    —No puedes irte de aquí sin haber probado el chocolate.

    —Aquí también tenéis la máxima de que lo bueno debe ser breve, ¿no?

    —Sí.
    Aunque casi nunca se cumple.
    Prueba.

    Un ritual delicado acompañó el gesto.
    La onza se acercó a la boca.
    Un sonido seco confirmó el mordisco.

    Su mirada se iluminó de forma discreta.
    Cerró los ojos.

    —Increíble —dijo, olvidando que aún masticaba.

    —Es maravilloso, ¿verdad?

    —Sí.
    Ha sido todo maravilloso, Doctor.
    Pero vamos a tener que dejarlo aquí.

    —Ha llegado la hora.

    —Sí. Me temo que no será agradable si me quedo mucho más.
    Mi cuerpo empieza a descomponerse.
    Pero antes…

    —¿Antes?

    —Necesito probar otra cosa.

    Él no esperó.
    Comprendió.
    Y la besó.

    Suave.
    Largo.
    Amargo como el chocolate negro.

    En la puerta, un último beso.
    Ella le susurró al oído:

    —Esto ha sido lo más dulce de la velada.

    Se dijeron adiós con la mirada.
    Y ella desapareció en la noche.

    The Beatles – Savoy Truffle

    Hay historias que no buscan ser entendidas, sino saboreadas.
    Esta es una de ellas. (Sirvase con Cabernet Sauvignon)

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  • La niña que miraba el verano

    La niña que miraba el verano

    No podía dejar de mirarla.
    La nieve resbalaba por el cristal.
    Dejaba su húmeda estela al pasar.
    Ella seguía el rastro con la yema del dedo.
    Mientras, sus padres hablaban entre susurros.

    Extraños susurros,
    de una preocupación ajena a los copos de nieve
    y a la luz de la mirada de ella.

    —Esto es ya aberrante.

    —Mujer, no te preocupes, dicen que es un fenómeno aislado.

    —¿Aislado? Sequías en octubre. Cuarenta y ocho grados en noviembre.
    Pero que lleve tres días nevando en verano…

    —Sí, vale, el clima está trastocado.

    —Y las cosechas se están perdiendo…
    Nos estamos cargando los ecosistemas…

    —Vale, sí, pero ¿qué podemos hacer nosotros?

    —No sé. Algo tendríamos que hacer…

    La conversación era un murmullo
    frente a la mirada atenta de la niña.

    Los copos de nieve brillaban en bucle,
    en brazos del viento de verano.

    Danny Elfman – Ice Dance

    Ella no sabía que aquello tenía un nombre.

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  • Siete segundos

    Siete segundos

    En el piso de arriba se escuchó abrir.

    Suspiro.

    Tres segundos.

    El golpe seco del cerrar de la puerta.

    Dos segundos.

    El sonido del ascensor respondiendo a la llamada. Siempre estaba en el segundo. Subía alegre mientras contaba el tiempo.

    Siete segundos.

    El deslizar de la apertura del ascensor le aceleraba el pulso.

    Dos segundos.

    El mismo ruido al cerrar.

    Un segundo.

    El clic del botón de llamada aseguró una pausa del ascensor en la planta en la que estaba.

    Dos segundos.

    Suspiro.

    Al abrir la puerta notó su perfume. Estaba allí. Tal y como había deseado. Tal y como había previsto.

    —Hola.

    —Hola.

    Silencio.

    Un segundo.

    Él pulsó el botón B. Le hubiera gustado pulsar todos los botones. Que el camino hacia la planta baja durara más de los siete segundos de costumbre.

    Uno.

    Ella disimuló la mirada.
    “Se ha peinado raro”, pensó fijándose en su pelo.
    “Le sienta bien”.

    Dos.

    A él le quemaba la mano de la necesidad de rozarla con la suya. Quiso provocarlo. Un roce fortuito. Pero… ¿y si se molestaba?

    Tres.

    “No sé cómo las chicas se meten tanto con él”, pensó intentando no mirarle.
    “No se puede negar que es guapo”.

    Cuatro.

    Dos suspiros se silenciaron en el movimiento del ascensor.

    Cinco.

    “Además, es listo. Solo le falta una chispa de valentía”.

    Ella dibujó en su mente que él le tomaba de la mano. Sin querer, la rozó.

    Seis.

    Los dos se miraron un segundo.

    Siete.

    La puerta del ascensor rompió la complicidad de la mirada.

    —Adiós.

    —Adiós.

    Esta vez, los suspiros fueron a destiempo.

    Love of Lesbian – El Hambre Invisible

    Siete segundos bastan para no olvidarse.

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  • Silencio entre palabras

    Silencio entre palabras

    Me enamoré de ti, sin remedio. Apenas sin conocerte.
    Tu voz enlatada en memoria, tus labios moviendo el aire de una lente,
    tu expresión emocionando la secuencia.

    Tal vez el brillo de tu mirada fue la estrella que despertó mi interés.
    Pero lo que me hizo amarte no tuvo más que palabras.
    Recitadas en sonrisa asombrada,
    con el gesto exacto del acento preciso en cada verbo exhalado.

    Y en cada sílaba partida,
    caricias de antiguas heridas
    que hoy endulzan el alma
    de aquellos que, como yo, te aman,
    lo saben
    y callan.

    Me enamoré de ti
    en un divagar de pestañas.

    Y como el viento me fui.

    A besar otras bocas.

    Christina Rosenvinge – La distancia adecuada

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  • Paredes blancas

    Paredes blancas

    Blanco

    Las paredes acolchadas, de un blanco impoluto.
    El suelo también: blanco por fuera, blando por dentro.
    Por lo demás, nada. No había nada.
    Un catre roído por el paso del tiempo.
    Y una figura oscura, con una camisa blanca amarrada para impedirle el movimiento.

    Fuera de la habitación, tras la puerta blindada, dos hombres se miraron.
    Se saludaron sin ganas y comenzaron a acercarse a la celda.

    —Sé que te enteraste de mi ascenso. Teníamos igualdad de oportunidades. He tenido más suerte. ¿Sin rencores?

    La mirada fue contenida, pero el odio chispeó un instante. Aun así respondió rápido, para no aparentar dudas.

    —No. Ante todo, somos profesionales.

    —Bien, ¿qué tenemos por aquí?

    —Este paciente presenta una patología muy extraña. Es una variante del TLP, pero con una característica clara: solo reacciona de manera agresiva cuando observa en los demás muestras de alegría.

    —Sí, he leído algo. Los llaman los asesinos de las celebraciones.

    —Coloquialmente lo llamamos joputismo.

    —Pero aquí no hay ningún motivo para la alegría… ¿No sería mejor…?

    —No estará pensando en…

    —Debemos quitarle esa camisa de fuerza.

    —Pero no voy a ser yo quien lo haga. Aún no le hemos medicado.

    —Venga, hombre. Ya lo hago yo.

    El psiquiatra respiró hondo y entró en la habitación acolchada.
    El paciente giró la cabeza y le devolvió una mirada lejana.
    Desabrochó las correas de seguridad, dejando libres las manos.

    Mientras tanto, el compañero que se había quedado fuera abrió la pequeña compuerta de observación. Sonrió levemente y dijo:

    —Por cierto, felicidades por el nuevo cargo. Debe de ser una alegría disfrutar de un ascenso merecido.

    Al paciente se le desencajó la mirada.

    Clan Of Xymox – Louise

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  • La guardiana del grano

    La guardiana del grano

    Ella cuidaba bien de sus hijos.
    Con su vida, si hiciera falta.

    Procuraba comida en los largos días de invierno
    y calor en las noches frías.
    No los abandonaba,
    por mucho que tuviera que enfrentarse
    a la más feroz criatura que pudiera rondar por allí.

    Por eso no entendía qué quería aquella bestia
    de mirada iluminada y piel brillante.
    Estaba plantada frente a ella,
    amenazando con rugidos estridentes,
    dando embestidas al aire
    con sus patas curvas.

    Ya las conocía bien.
    Horribles como el abismo negro de las cuevas.
    Grandes como un día sin grano.
    Invadían las calles sin pedir permiso,
    caminando a lo loco, sin destino.

    No las vio jamás comer,
    pero en su interior se removían sus presas,
    que a veces vomitaban por esa boca fea
    que se les abría a los lados
    y dejaba escapar a sus víctimas
    mientras quedaban paradas.

    No iba a permitir perder el grano del suelo
    ni el gusano que cruzaba su terreno
    porque aquella criatura se quedara allí, bramando.

    Una bestia tan torpe como ese bichejo
    no merecía respeto.

    Sr. Chinarro – Los ángeles

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  • A pesar de la marea

    A pesar de la marea

    Si a pesar de la marea,
    de la brisa en tu cara,
    aparezco alguna noche en tu orilla.

    Si a pesar de tu sonrisa,
    el rocío bajo los párpados
    acaricia mi espalda.

    Abrázame.
    En silencio, como si fuera un secreto.
    Aunque en la mañana alejes la mirada
    hacia el cielo.

    Si a pesar de tus ganas
    de fugarte con las estrellas,
    te duele el alma cada vez que te alejas.

    Suéñame.
    Que acaricio tu pelo y me quedo.
    Aunque se quede en eso.

    En el humo distante
    que evaporó nuestro hado,
    y solo quede
    la flor
    de un recuerdo.

    Maria Rodés – Hechizo
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  • Tracción, freno y conciencia

    Tracción, freno y conciencia

    —Buenos días. Soy Piluco Motora y voy a ser su instructor de a bordo.
    ¿Es la primera vez que se enfrenta a este armatoste de metal?

    —Bueno… salvo en el simulador.

    —Bien. Salgamos de aquí.
    Compruebe sistemas. ¿Comunicaciones?

    —Activas.

    —¿Alarmas?

    —Negativo.

    —¿Luces?

    —Funcionando.

    —Perfecto. Solicite permiso de salida y vamos a probar la tracción.

    —A la orden. Permiso concedido y tablero de mandos en orden.

    —Si no hay tránsito ni obstáculos, suelte el freno.

    —Frenos desactivados.

    —Acelere suave hasta la curva. Luego mantenga velocidad y trácela.

    —Perfecto.

    —Habiendo superado los simuladores, entiendo que ya sabe manejar a la bestia.
    ¿No es así?

    —Mayormente, sí.

    —Entonces nos centraremos en lo complejo: seguridad, ética y emergencias.

    —¿Ética?

    —Sí, ética.

    —¿Qué problema ético nos vamos a encontrar llevando un tren?

    —Unos cuantos. Le pongo un ejemplo.
    Imagine que en un cambio de vías hay cinco personas. Puede salvarlas desviando el tren, pero en la vía muerta hay una persona durmiendo. ¿Qué haría?

    —Mmm… Pasar por la vía donde solo hay una persona.

    —Bien. Y si descubre que esa persona es un científico brillante, a punto de curar la leucemia infantil.

    —¿Estamos hablando del dilema de Foot y Thomson?

    —En la otra vía hay unos punkis de botellón.

    —Vale. Salvamos al científico.

    —Pero el científico adora a los niños. De una manera… peculiar.
    Eso sí, les ahorrará una enfermedad agónica.

    —Entonces pasamos por encima del científico.

    —El científico erradicará todas las enfermedades del mundo, arreglará la economía y acabará con el hambre y el déficit de vitamina C.

    —Pasamos por encima de los punkis.

    —Pero los punkis luchan contra la pobreza y la opresión.
    El científico es un depravado.

    —Pues nos cargamos al científico.

    —Además, el científico ha prometido que, si le salvamos, nos compra un piso en Móstoles.

    —Me está saturando. Nos cargamos a los otros.

    —Fíjese cómo se complica la cosa.
    Uno de los punkis ha contraído una enfermedad desconocida. Gracias a ella, el científico podría salvar al mundo de futuras pandemias…
    pero tiene que estar vivo para conservar el virus.

    —Oiga, yo solo quiero ser maquinista. No quiero un trauma que me persiga de por vida.

    —¡Lo sabía!
    Pare. Usted no está capacitado para llevar un tren.

    Idles – NEVER FIGHT A MAN WITH A PERM

    —¿Y quién sí esta preparado?

    Piluco sonrió por primera vez.

    —El tren.

    *Dedicado a todos los que se juegan la vida entre vías. No son pocos los peligros a los que se enfrentan y siempre están a tela de juicio cuando ocurre algo.

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