
La pequeña tropezó. Su hermano la ayudó a levantarse. Llevaban mucho tiempo perdidos en aquel bosque extraño. Enormes árboles de tronco verde, de los que colgaban ramas florecidas hasta el suelo. Un manto frondoso de luces azules y rosas.
Y animales.
No los veía, pero los escuchaba. Siseaban ocultos entre la maleza, olfateando caza.
La noche ya se intuía. La oscuridad despertaba a las fieras.
En medio del bosque apareció un claro.
Y en el centro, una casa rara, cubierta de chapas de colores desgastados.
Corrieron hacia ella en busca de cobijo.
Golpearon la puerta con urgencia.
Con un chirrido, se abrió.
—Pasen, niños —se escuchó desde la oscuridad de la entrada—. ¿Qué hacéis ahí fuera? Con lo peligrosa que es la noche por aquí.
Entraron sin pensarlo.
La puerta se cerró a sus espaldas y la luz los envolvió. Era un cálido reflejo de fuego de cocina. Cazos burbujeando sobre los fogones.
Y humo.
De colores.
—¿Tenéis hambre? —preguntó la misteriosa dama—. Estáis muy flacos.
Al salir de la sombra pudieron verla.
Tenía la piel verde y escamosa. Caminaba deslizándose despacio y, bajo la larga falda, podía verse el final de una cola.
—Vamos, no seáis tímidos. Venid. Os gustará lo que tengo preparado.
Su voz era dulce.
Y lo que esperaba sobre la mesa lo era aún más.
Manzanas asadas, peras guisadas, plátanos fritos… Todo desprendía ese aroma imposible de las cosas hechas con cariño y cantidades desmesuradas de caramelo.
Los niños se sentaron. Tenían hambre y disfrutaron del festín. La señora los observaba complacida mientras devoraban la comida. Les acercaba bandejas de piña fresca y ciruelas en almíbar.
—Comed. Os sentará bien.
Pero el mayor desconfiaba. Una criatura tan extraña no podía querer nada bueno de ellos.
Apartó el plato y miró a su anfitriona con severidad.
—¿Por qué quieres hacernos comer tanto?
—Porque estáis delgados. Parecéis enfermos.
—Pero tanto dulce no es sano. Parece que quieres engordarnos.
La extraña sonrió.
—Lo has acertado, niño listo.
El muchacho golpeó la mesa, asustando a su hermana.
—¡Tú lo que quieres es comernos!
—¿Comeros? —rió la criatura—. No es esa mi intención. Si quisiera comeros, os encerraría en un cuarto pequeño y os alimentaría con bellotas.
—Entonces ¿qué quieres de nosotros?
La dama apoyó la cabeza sobre una mano y suspiró con ternura.
—Es que sois muy monos. Solo quiero enseñarle a mis amigas mis dos nuevas mascotas.
Entonces comprendieron por qué, junto al fuego, había un pequeño aro de luz apoyado sobre un trípode.

Hay jaulas hechas de caramelo
Rosetta Stone – Lullaby

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