
Cada fin de semana hacía lo mismo.
—Dos cafés con leche, por favor.
Siempre educado.
Siempre contenido.
Miraba al frente, con una sonrisa leve, como si le respondiese el viento.
Pagaba.
Olvidaba el cambio.
Había en todo ello un ritual arcano.
Este domingo no fue distinto.
A ella le fascinaba.
Lo observaba entre comandas, mientras fregaba vasos.
Le pesaba la incógnita.
Y decidió romperla.
Se acercó.
—¿Hoy tampoco está acompañado?
Él no se sorprendió.
—Usted no lo ve, jovencita. Pero sí lo estoy.
—No hay nadie.
—Que no esté… no significa que no me acompañe.
Ella sostuvo su mirada.
Y entonces lo entendió.
No había nadie en la silla de enfrente.
Pero en sus ojos…
alguien seguía sentado.

Brindemos por esos fantasmas amables que nos salvan del vacío en las mesas de dos.
Le Mans – Aquí Vivía Yo

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