
— ¿Me esperarás?
Ella negó despacio.
— Esperarte sería engañar al azar. Si vuelves, que sea porque el destino nos empuja otra vez hasta aquí.
El viento le movió el cabello. Él lo apartó con cuidado, como quien memoriza un gesto.
— ¿Me olvidarás?
Ella sonrió sin alegría.
— No. Y eso será lo que más duela.
El mar avanzó un poco más.
Borró el último rastro de sus pasos.
Miró el horizonte una vez más.
En el aroma a sal se escondía un recuerdo.
Extremoduro – Si te va…

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