El templo de la música prestada

De adolescente, al contrario de lo que hoy me susurran los recuerdos, me encantaba salir con mis padres. Nunca sabía dónde iba a aterrizar. Mientras ellos se divertían con sus amistades, yo era víctima de su abandono temporal en cualquier lugar.

A veces en la trastienda de un restaurante familiar.
Otras, en la plaza de un pueblo desconocido.

Mi timidez y yo íbamos de la mano. Eso no ayudaba a pasarlo bien. Pero ahí estaba mi superpoder: sabía comunicarme con las miradas. No sé si por mi expresión triste o por la insistencia de mis suspiros, pero siempre se acercaba alguien. Casi siempre chicas de ojos burlones y acento extranjero.

Así fue como me vi envuelto en un guateque pasado de moda. Un tocadiscos viejo arañaba canciones de Zappa y de los Beatles, heredadas de unos anfitriones perfectos.

Esta vez mis padres habían apuntado alto. Sus amigos tenían un chalet en las afueras y sus hijos se reunían en una sala de fiestas que también les pertenecía. En otros tiempos fue cita obligatoria para los mozos del pueblo. Hoy, cerrada al público y medio en ruinas, lo seguía siendo.

No faltaba de nada: música antigua, botellas olvidadas por los adultos, chicas de falda corta escondiéndose de sus viejos.

Pronto tomé el control del audio. Sabía cómo funcionaba el equipo y conocía canciones que ellos habían escuchado alguna vez. Queen, The Police, David Bowie sonaron sin descanso. Me refugié junto a la más tímida del grupo y un botellón de ron a medio llenar. Pasé la noche derramando amor melódico y susurrándole al oído versos de Neruda que jamás había aprendido.

Ya era tarde cuando, reuniendo el valor de un beso, mis padres y los de mis anfitriones irrumpieron como una redada para cerrarnos el chiringuito.

Me arrancaron del tocadiscos con el corazón en la mano, una nota de los Rolling aún vibrando y un deseo de humo disuelto. Pero incluso a rastras, mi pasión del monumento se acercó, dijo algo en un idioma extraño y me besó tan fuerte que mis padres me soltaron.

Con el tiempo supe que cerraron aquel templo a cal y canto, que vendieron los discos antiguos en busca de algo nuevo y que la chica que me escuchó tan atenta no entendía español.

Era danesa.

Pero sé que no hizo falta voz
para que aquello
fuera eterno.

The Cult – Rain

Anuncios

Descubre más desde El descanso del Onironauta

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Comentarios

4 respuestas a «El templo de la música prestada»

  1. Avatar de BDEB

    Creo que a quienes hemos sido tímidos en ocasiones no nos han hecho falta esas palabras que quizás no nos atrevimos a pronunciar, el poder de una mirada o una sonrisa puede derretir el bloque de hielo más duro.
    Feliz domingo Oniro.

    Le gusta a 1 persona

    1. Avatar de DeOniros

      Y menos mal que fue así. No me considero muy tímido ahora. De pequeño si lo era. De adolescente tuve que sacar valor de donde fuera o me quedaba solo, en un rincón. Pero puedo decir que tuve una adolescencia feliz. Con lo os altibajos típicos de la edad. Que también estuvieron bien para aprender a apreciar lo que pasa a tu alrededor.
      Gratos sueños.

      Le gusta a 1 persona

      1. Avatar de BDEB

        Conforme van pasando los años creo que esa timidez la vamos perdiendo pero reconozco que en mi adolescencia, aunque fuese buena, la timidez fuera de mi entorno me frenaba un poco.
        Ahora mismo creo que ya poco queda, creo que tú ya lo has comprobado ;)

        Le gusta a 1 persona

        1. Avatar de DeOniros

          Para mí que es un poco a temporadas, pero si que, con la edad y la experiencia, la timidez se viene a menos.

          Le gusta a 1 persona

Susurra al abismo. Alguien, en algún sueño, escuchará.