
Acaricié la pantalla en busca de una frase.
Blanco.
Hubo un instante blanco con parpadeo en el inicio.
Aguanté la respiración con impaciencia.
Comenzó a moverse solo.
El sonido fue al compás: menudas pisadas que golpeaban el lienzo antes de haber nacido.
Y ahí estaba.
Un huevo.
Era de colores sintéticos, con un resplandor latente.
Aumentó de tamaño en dos pulsaciones y se agrietó.
Parecía un dinosaurio.
Parecía un lagarto.
Parecía algo nuevo.
Sin clasificar.
Sin intención de seguir creciendo si yo no lo alentaba a hacerlo.
Quiso llamarse kayiriku o terikame.
Pero yo no quise ponerle un nombre.
Lo quería libre, que solo viniera cuando quisiera, no cuando lo llamo.
La magia del verbo reventó el huevo.
Lo hizo lento, como el marchitar del otoño.
Pestañeó al verme pidiendo alimento.
Y lo alimenté con adjetivos.
Fue patoso, simpático, extraño de narices.
De camino lento y mirada cálida.
Lloraba sin descanso por una sonrisa tuya.
Con ganas de aventura.
De tanto saltar le salieron alas.
Y voló con ganas, surcando el cielo estrellado.
Se confundió un instante con una estrella fugaz y desapareció.
Buscaba el planeta perfecto para llamarlo hogar y crecer contento.
Banshee – Birth of Venus

Replica a DeOniros Cancelar la respuesta