
Era solo huesos. Una sonrisa triste, una mueca de dolor en media risa y unos ojos azules que miraban sin mirar. Lo demás era piel arrugada y huesos. Garabateaba figuras imprecisas en una libreta mientras contestaba el teléfono. Ella lo creía grande, y se quedó solo con eso: polvo en su chaqueta de cuero y un gesto desconsiderado.
—Otra vez frío, niña. Tráeme otro nuevo.
Cuando, después de tanta pelea, le ofrecieron aquel trabajo, no podía creerlo. De niña lo escuchaba su hermana, y ella aprendió a escucharlo también. Aquel cantautor de mirada gris y sangre en sus palabras. Aquel que le arrancó más de una lágrima, que la rescató del abismo. Y ahora él necesitaba de sus manos. Alguien que le consiguiera lo que hiciera falta en plena gira por el mundo.
Viajar, conocer lugares, personas, historias. Ese era su placer secreto. Pero conocer, cara a cara, al hombre que tanto había sentido en sus versos… ese era un sueño. Aunque ahora se le hacía denso. Pesado. Aguantar los caprichos de un genio era más duro que admirar su talento.
Una palabra de más, escapada como un cuchillo silencioso, quebró su paciencia.
—Inútil.
Le dolió más en el intelecto que en el orgullo. En la capacidad para descifrar la luz dentro de un lamento. Se quedó inmóvil, pensando. Hasta que no pudo evitar hablar.
—Ahora lo entiendo.
—¿Qué entiendes? ¿Tus errores en tu trabajo?
—No. Entiendo tu pena. Entiendo que cantes al amor perdido. Que supliques que vuelva. Que te sientas desolado.
—No sé qué tiene que ver eso con que me des lo que te pido.
—Nada. Tiene que ver con tu condena. Con tu destino.
—¿Ah, sí? ¿Cuál es mi destino, lista?
—Estar solo.
Ella desaparecería de su vida. Nunca supo el motivo. No quiso mirar más allá de sus versos heridos.
Y él siguió escribiendo su verdad en soledad.
Sólo huesos, sí… pero la música seguía sonando para aquel amor fugado.
Lord Huron – The Night We Met
¿Y si la melodía nunca fue suya, sino tuya?

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