Memorias de una cueva

Una escena tenue junto al fuego: un niño pequeño, de espaldas, iluminado solo por el resplandor rojizo. La pared delante de él no muestra figuras claras, solo sombras difusas y trazos oscuros, como si estuviera a punto de crear algo o acabara de hacerlo. El ambiente transmite silencio, expectativa y un leve aroma imaginado a ceniza.

La pared era un tanto rugosa, pero a él no le importaba. La acarició dándole forma: curvas alargadas, una pasada larga para asegurar el contorno. Se alejó un poco y respiró complacido. Ya estaba adoptando una forma concreta. Cerró los ojos y lo vio: primero una lanza en movimiento; después, la urgencia de sus patas. Aspiró el aroma de paz y comprendió de inmediato lo que faltaba. 

Miedo. 

Faltaba miedo en la pared. 

El miedo que mueve las figuras. La rabia de los brazos lanzando sus armas. El coraje de arriesgar vidas en el intento. Eso era lo que él deseaba, y no le dejaban hacerlo. Agarró cenizas y grasa con rabia, dispuesto a destruir su obra. Pero, al llegar a la pared, solo pudo acariciarla. Rellenó formas, construyó objetos. 

Se apartó de nuevo. 

Escuchó el murmullo del viento. El calor del fuego. El aroma de paz que da el alimento. Respiró hondo y comprendió que aún faltaba algo. 

Sed, frío y cansancio. 

El rugir de tripas que impulsa a correr. La agonía de la herida. El latido de un corazón descalzo, sintiendo el río helado hasta las rodillas. Agarró el carbón aún ardiendo y lo precipitó sobre su lienzo, con la calma que da la rabia en un lugar tan seguro. 

Se alejó otra vez, y lo supo completo. 

Tan completo como podía hacerlo. 

No podía de otro modo. 

El niño entonces se sentó en el suelo y se deshizo en llanto. 

El padre gruñó a lo lejos. 

La madre se acercó y dijo: 

—¿Qué haces aquí, lamentando lo que no has vivido? Deberías correr, trepar árboles, hacerte fuerte para cazar con ellos. Deja de manchar las paredes con experiencias que no te pertenecen. 

El abuelo llegó cojeando. Descansó las piernas junto al niño y observó la obra que lo había tenido tan ocupado. 

Se quedó sorprendido. 

En la pared había un bisonte siendo cazado. Había calculado sus heridas, su sufrimiento. El arrojo de los hombres hambrientos que esquivaban sus cuernos. El respeto a los pequeños bovinos que huían. El temor por las heridas de los suyos y las ganas de volver a verlos. Pronto. 

—¿Hiciste esa ilustración sin haber cazado nunca? —preguntó el abuelo, mirando al muchacho que aún tenía los párpados húmedos. 

—Ojalá hubiera ido. 

—Mujer —dijo a la madre—. Tu hijo será buen cazador. Probablemente llegue a ser tan viejo como yo. Cuidará de los suyos y llevará alimento a esta comunidad. Déjale hacer. No solo está aprendiendo: está enseñando cómo se hace. 

El niño, satisfecho con su obra, buscó refugio junto al fuego. 

Iron Maiden – Quest for Fire

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Comentarios

3 respuestas a “Memorias de una cueva”

  1. Avatar de BDEB

    Las paredes de las cuevas guardan esas historias que nunca fueron contadas y los niños son capaces de expresar con su arte aquello que a nosotros nos cuesta tanto. Nos queda mucho que aprender de ellos.
    Feliz lunes Oniro.

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    1. Avatar de DeOniros

      De niño me encantaba dibujar. No sé si sabía hacerlo, pero estaba constantemente con el bolígrafo en la mano y cualquier esquina de cualquier libro, revista o servilletas pintarrajeadas. Conservo todavía algo de eso. Mis padres, mentes antiguas, aunque no lo hacían con mala intención, me decían, eso no te va a dar de comer, estudia algo de provecho. Jamás sabré si eso tenía futuro. Me desanimé y dejé de hacerlo. Pero ahora me he encontrado que, en casa, tengo una personita que también dibuja. Se frustra cuando las cosas no salen como ella quiere y me dice: «Jo, a ti si te salían bien» Curioso que sea una niña quien me lo venga a decir ahora.
      En fin, no formaré parte de su auto descubrimiento. Solo en la parte que ella me quiera presente. Ya que es su aventura y tiene que hacerla vivir por ella misma. Pero si estaré cuando necesite ánimos o me pida el conocimiento que le pueda dar.
      Espero que la sociedad nos esté permitiendo ser mejores padres, si no es así, bailaré por la línea breve del que está solo en pintura.
      Gratos sueños.

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      1. Avatar de BDEB

        El dibujo se me ha dado siempre fatal, las manualidades es lo único que se me ha dado bien y sigue haciéndolo pero admiro a quienes saben dibujar.
        Mis hijos no han sido tampoco de dibujar, aunque el pequeño si que hacía tarjetas para felicitar los cumpleaños y aunque no se le diera bien, para mí era una obra de arte. Ahora tengo una pequeña que dibuja de maravilla y cuando la visito siempre me enseña «su arte» como ella dice y en ocasiones me regala alguna de sus «obras».
        Ni que decir tiene que la felicito siempre y a papá Noel le encargo algo con lo que pueda seguir dibujando.
        Nunca hay que quitarles la creatividad y las ilusiones a los chicos, siempre apoyarles aunque les demos algunos consejos.
        Intento no influenciarlos simplemente compartir sus ilusiones y prestar mi ayuda cuando la pidan, en eso creo que hemos mejorado.

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