
Capítulo VI: Donde duerme el fuego
Para no despertar a la montaña, su ascenso fue silencioso. La lava bajo sus pies se deslizaba suave, pero el cielo parecía vigilar sus pasos. Al llegar a la cima, no encontró dragones dorados ni humo negro, tan solo a un anciano de traje oscuro y corbata roja, sentado sobre una roca como quien espera a un viejo amigo.
—Te esperaba —dijo el desconocido, con una sonrisa torcida—. Aunque no sabía en qué ibas a tardar tanto.
—¿Quién eres? —preguntó el joven, sin miedo, solo con cansancio.
—Tengo muchos nombres. Pero tú me conoces como Guayota.
El muchacho apretó los puños, sin saber por qué su cuerpo reaccionaba así, como si una parte de él lo reconociera desde antes de nacer.
—¿Tú eres el fuego?
—Yo soy lo que arde. No hay bondad ni maldad en ello. Los que se queman… eso ya no es mi culpa.
—Viniste por mí.
—Tú viniste por ti. Yo solo esperé —respondió Guayota, alisándose el nudo de la corbata como si fuera parte de un ritual.
—¿Qué quieres de mí?
—Dormir. Pero para dormir, alguien tiene que quedarse despierto.
Hubo un silencio, roto sólo por una ráfaga de viento caliente.
—Entonces, ¿qué propones?
Guayota sonrió.
—Un pacto. Una chispa por una tregua. Yo me encierro, tú guardas la llave. Y me debes una.
El joven dudó. Luego, asintió.
—Lo haré siempre que mi pueblo quede libre.
—No me cabe duda, tu pueblo no sufrirá. Eso será problema de quien llegue más adelante. Pero, ven, descansa y te diré qué debes hacer…
Y al sellarlo, el cráter vibró con un murmullo antiguo, como un tambor enterrado. Nadie en el valle supo explicar por qué esa noche las estrellas parecieron parpadear de alivio.
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